Wednesday, January 25, 2012

El placer anacrónico

Los libros se han guardado por siglos en estanterías y bibliotecas con placer maniático. Dentro de poco, se conservarán por miles en dispositivos miscroscópicos y, por lo mismo, exigirán un nuevo tipo de devoción por parte del lector.
¿Por qué seguir comprando libros, leerlos tumbados en un sofá y luego guardarlos en estantes si dentro de poco serán cosa del pasado, viejos objetos que los bibliómanos y bibliófilos conservarán como las joyas de la abuela?
El lugar de los libros va siendo ocupado poco a poco —y de manera irreversible— por aparatos informáticos diminutos capaces de almacenar miles de ellos en apenas centímetros cuadrados, ¿entonces por qué insistir en conservarlos si ocupan tanto espacio? Supongo que se trata de un tema generacional.
Los que guardamos libros a la antigua somos, como los lectores de mañana, hijos de las costumbres, el conocimiento y las circunstancias. En mi caso: es lo que aprendí de niño con mi familia, lo que experimenté cuando visitaba alguna biblioteca pública en mi época de colegial y lo que ciencia y la tecnología de los 70 indicaban a los dueños de estos objetos mágicos.
Hay sin duda una especie de nostalgia que mueve a los cuarentones como yo a visitar regularmente librerías formales y de viejo para agenciarse de materiales de lectura. Soy un migrante como todos los de mi edad y aunque puedo leer diarios y revistas en la pantalla de una computadora, soy incapaz de meterle diente a un libro completo bajo el formato digital. Soy hijo de mi tiempo, no lo dudo.
Las editoriales siguen produciendo libros físicos porque existe todavía un mercado para lectores anacrónicos o sobrevivientes como yo, porque los e-books son todavía relativamente caros y no han podido desarrollar una cultura del placer cibernético y porque aún restan muchos años para que abandonemos del todo las estanterías abarrotadas de textos impresos. Cuando ese día llegue, ¿a dónde irán a parar todos los shakesperares, borges, vallejos, garciamarques, vargasllosas, kunderas y pessoas que me han acompañado a lo largo de la vida? ¿Arderán a 451 grados Farenheit?
Los que compramos y coleccionamos libros practicamos un ritual de adquisición y lectura. Primero vamos, previo ataque de ansiedad, en su busca. Cuando llegamos a las librerías, los tomamos con cariño, miramos las tapas, leemos los cintillos de promoción, luego la nota de la contratapa y en última instancia el precio. Ya a esta altura del ritual sabemos que serán nuestros, pero insistimos por puro hedonismo en comprobar con el asistente a asistenta del lugar si el precio es el que dice la etiqueta. Pagamos y salimos disparados a casa con la finalidad de disfrutar con más libertad su posesión.
En casa arrancamos lentamente la envoltura de plástico, los volvemos a acariciar y los olemos. Sí, los olemos. Los libros huelen a tinta impresa, a goma, a artificio y, por supuesto, a conocimientos, a información. No podemos describir exactamente el olor, lo cierto es que huelen a una mezcla de todo y ese olor es como la justificación de una adicción. Tras el rastreo sensorial, viene quizás la parte más placentera: buscar el momento ideal para clavar los ojos en su primera página.
He inaugurado primeras páginas de libros en camas, sofás, retretes, asientos de buses y aviones, salas de espera y cafeterías, y siempre con mucho respeto y reverencia. No suelo mientras leo subrayar o anotar sobre las páginas impresas, aunque lo he hecho algunas veces por necesidad y con buenos resultados. En general, prefiero tomar notas en libretas, pegarles papelitos adhesivos de colores a las páginas y cuidar de que los libros no se estropeen por ninguna de sus partes. Algunas veces, sí se trata de textos que me interesan en demasía, les coloco una cubierta de plástico y los limpio cuidadosamente. Se puede decir que cuido de ellos con devoción de fanático. A veces he pensado que el cariño que les prodigo con tanto esmero es mi manera de despedirme de ellos, de asirme a una materialidad que probablemente no exista cuando yo me haya muerto.
Mi hija Luciana tiene once meses de nacida. Es dueña de un par de libros ilustrados de El Quijote para niños, de esos que tienen las páginas de cartón grueso, grandes dibujos y casi nada de texto. Ella, por supuesto no lee, pero ha aprendido algo que su madre y yo le hemos enseñado inconscientemente: que los libros se guardan en los estantes. Cada vez que quiere jugar con ellos pide con gestos y sonidos que la acerquemos hasta el lugar donde los deja siempre. Es el mismo rincón donde reposan los libros de Octavio Paz, Tolstoi, Mann y Celine. ¿Cómo decirle que se trata de una costumbre extemporánea, de un ritual que ella cambiará dentro de poco por tecnologías que sus padres no alcanzarán a ver ni a experimentar? Por ahora, me consuela pensar que será una lectora del futuro.
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Imagen: Mmpo.biz

5 comentarios:

Medemoiselle d´Imbercourt said...

Yo no creo que los libros físicos, como los conocemos desaparezcan algún día. ¿Acaso la fotografía y la literatura han desaparecido con la llegada del cine?

Los libros electrónicos sirven como consulta, pero no harán jamás de compañía como un libro de bolsillo. No te preocupes que podrás seguir inaugurado primeras páginas de libros en camas, sofás, retretes, asientos de buses y aviones, salas de espera y cafeterías por el resto de tu vida.

Medemoiselle d´Imbercourt said...

Yo no creo que los libros físicos, como los conocemos desaparezcan algún día. ¿Acaso la fotografía y la literatura han desaparecido con la llegada del cine?

Los libros electrónicos sirven como consulta, pero no harán jamás de compañía como un libro de bolsillo. No te preocupes que podrás seguir inaugurado primeras páginas de libros en camas, sofás, retretes, asientos de buses y aviones, salas de espera y cafeterías por el resto de tu vida.

Luis Eduardo García said...

De acuerdo. Aunque con el futuro no se puede estar seguro jamás. Saludos.

Eduardo Quevedo-Serrano said...

Disfruté tu artículo. Yo no tengo muchos libros, han habido demasiadas mudanzas en mi vida. Además casi no los compro: sobrellevo una guerra sorda, demente y solitaria contra el consumerismo del sistema. Los presto de las buenas librerías públicas de los paises donde he vivido.

Me gusta lo que escribes. Admiro tus trabajos desde los viejos tiempos de Dialogando al Extravío.
Un abrazo,
Eduardo

Luis Eduardo García said...

Muchas gracias, Eduardo. El problema es qué hacer con tantos libros, aparte de seguir leyéndolos. De pronto, un día te das cuenta que su presencia crece desmesuradamente y pueden desalojarte como las fuerzas oscuras a los personajes de "Casa tomada". Entonces queda la biblioteca personal, la de la memoria, la que liga los momentos más importante de nuestras vidas con los libros que más nos han gustado. Un libro no es solo una lectura, es el momento que se lee, cómo se lee, por qué se lee y para qué se lee.