¿Pueden tres oficios en apariencia irreconciliables practicarse sin generar conflictos? Sí. «Tridisociación» se llama el fenómeno y tiene como ingrediente principal a la pasión.
Hace muchos años yo enfrenté mi primera crisis vocacional: no sabía si estudiar Literatura, Periodismo o Derecho. En esto, creo me parecía a la mayoría de chicos que egresan de los colegios y no saben a ciencia cierta qué profesión elegir para ganarse la vida.
Años más tarde, volvía sufrir otra crisis: quería abandonar mis estudios de Derecho por la Literatura, pero mi intención no prosperó por cobardía, malos consejos y desidia generalizada. Terminé con el título de abogado y con un profundo rencor conmigo mismo debido a mi falta de firmeza.
Pero mientras yo era incapaz de decidir qué era lo más conveniente para mi futuro, empecé a escribir una columna semanal en el diario La Industria con otro amigo. La columna se llamaba Consejero del lobo y era un cajón de sastre en el que publicábamos reseñas de libros, comentarios de películas y chismes literarios.
Éramos muy jóvenes, quizás por esta razón algunos periodistas viejos de este medio nos odiaban. No podían permitir, entre otras cosas, que dos mocosos fueran tan pretenciosos con un oficio que ellos consideraban exclusivamente suyo. Para aburrirnos, publicaban nuestra página plagada de errores o extraviaban a propósito nuestros manuscritos.
Así pasaron los años y yo escribía todas las semanas como un poseído. Un día tomé conciencia de lo que hacía y supe que el bicho del periodismo me había ganado; mejor dicho, este se había somatizado en mí de tal modo que era algo más que un oficio alimentista. En realidad, yo no sabía todavía que había resuelto mi crisis vocacional.
Apenas obtuve mi título de abogado, cogí todos mis libros de Derecho, los metí en una caja y se los regalé a mis mejores amigos de entonces. Con esto, lo que hacía era declarar la muerte simbólica de esta profesión en mi vida. Solo restaba resolver el conflicto Literatura-Periodismo. Pero esto me resultó relativamente fácil con los años y con la práctica. Comprendí que el segundo no es sino un género de la primera, solo que sus materiales de trabajo guardan una relación muy estrecha con la realidad.
Como quien no quiere la cosa, como jugando, yo había llegado al Periodismo y ya no quería marcharme. Mientras tanto, empecé a escribir la página del suplemento dominical solo, leí mucho sobre el oficio, aprendí de los maestros, sobre todo de los gurúes del periodismo narrativo y el periodismo de opinión. Cuento esto, no porque me considere un periodista destacado ni mucho menos, sino porque creo que mi experiencia se debe parecer a muchas de las experiencias de los jóvenes y alguna lección se puede sacar de la misma.
Tuve también un paso fugaz por la televisión (como reportero), la radio (como conductor de un programa cultural), El Peruano (como asistente de edición) y La República (como coordinador), además de una pasantía por cuarenta días en el diario El País de Madrid. Pero ha sido en mi relación La Industria donde he descubierto mi auténtica pasión por el periodismo. Desde entonces, he escrito cientos de textos, varios de los cuales forman parte de algunos de mis libros.
Es verdad que no hay manual o decálogo para ser buen periodista, sin embargo, según M.A. Bastenier, se necesitan cuando menos algunas condiciones para que el oficio llegue a ser una profesión (reverenciar el lenguaje, automatizar el rigor informativo, servir a la verdad, por ejemplo). Aunque es casi un consenso que el periodismo no se estudia sino se aprende y que se trata de un oficio más que una profesión, siempre es fundamental aprender de las lecciones de los maestros
Con el paso de los años, un nuevo quehacer comenzó a interferir en mi vida: la docencia. En cierta forma necesitaba extender mi labor como lector y escritor. Sentía que algo me faltaba, que mi vida estaba incompleta y que no bastaba con escribir y publicar en un diario. Alguien debía ser el receptor de lo que estaba aprendiendo. Por esta razón, decidí enseñar y trasmitir a los jóvenes lo mucho o poco que había aprendido. Mi vida se debate ahora en una especie de “tridisociación”: la literatura, el periodismo y la docencia universitaria, actividades más bien complementarias en lugar de excluyentes como piensan algunos.
Los años que practico y enseño periodismo me han enseñado varia cosas. Las más importantes: que el periodismo es un oficio maravilloso (muchas veces ingrato) y que se puede vivir de este aunque la sociedad lo vea como una actividad devaluada (pero necesaria). Al comienzo, hacerte un lugar es muy difícil y uno lucha para sobrevivir. Pero estoy seguro que si un periodista es bueno, talentoso, se mantiene dentro de los cauces de lo ético y lucha por lo que ama, las recompensas materiales llegan, no importa si a veces con alguna tardanza.

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