La ciencia y la literatura guardan relaciones de consanguinidad más próximas de lo que parece. Se puede incluso decir que ambas llevan la marca indeleble de la imaginación en su ADN.
Uno de los misterios más grandes de la humanidad es averiguar cuándo y cómo se originó el universo. Por miles de años, las inteligencias más poderosas se han dedicado a esta tarea con resultados sorprendentes, muchos de los cuales parecen obra de la imaginación. Parecen, digo, porque en realidad son producto de técnicas y procedimientos científicos realizados con estricto rigor. En el caso de la literatura, se atribuye a la fantasía ser la única autoría de escenarios utópicos y distópicos; sin embargo, el tiempo se ha encargado de demostrar que muchas de las fantasías salidas de la mente de poetas, cuentistas y narradores tienen asidero en el conocimiento científico; es decir que no son obras puramente mentales.
Es tal vez el sistema educativo el causante desde hace muchos años de un profundo malentendido: que ciencia y literatura son irreconciliables, o que la única forma de conocimiento es la razón y, por tanto, la intuición, las “corazonadas”, los “presentimientos” y las visiones literarias (también lamados comunicacion emocional, inteligencia afectiva o intución trascendente) no tienen cabida en un universo dominado por la precisión científica y la experimentación . En realidad, no es que sean iguales. Es indudable que la ciencia tiene mejores y más completas armas para llegar a la verdad, pero no se puede negar que para lograrlo muchas veces tiene que echar mano de un recurso casi exclusivo de la literatura: la imaginación.
Hace unos meses leí un libro fascinante (El desafío del universo de Telmo Fernández y Benjamín Montesinos) que cuenta cómo desde la época de las civilizaciones más antiguas se planteó este desafío y cómo es que las respuestas fueron variando de acuerdo a las creencias religiosas y los avatares de la Ciencia. Muchas de estas revelaciones se dieron en condiciones muy precarias y cuando no se contaba con la tecnología adecuada para escudriñar lo que ocurría a distancias muy lejanas de la Tierra. Por ejemplo, Aristarco de Samos había propuesto algo parecido al sistema heliocéntrico 2 mil años antes de que lo hiciera Copérnico.
Es paradódico que el tiempo que han permanecido vigentes las «verdades» científicas y los cambios que han experimentado los conocimientos acumulados a lo largo de la historia. Desde la etapa de los observatorios y calendarios primitivos hasta la era de los telescopios infrarrojos, el saber se ha ido comprimiendo de tal modo que en los últimos tres decenios se habla de una aceleración del desarrollo humano. Si antes la información se duplicaba cada 20 años, ahora lo hace cada 4 o 5. Algunos científicos creen que, debido al ritmo en que corren la ciencia y la tecnología, pronto el ritmo de producción del saber será mucho menor.
La información sobre origen del universo empieza con los mitos relacionados con la procedencia divina de los astros y llega hasta explicaciones complejas sobre la constante de radiación, los agujeros negros, la materia y la energía oscura, el Big Bang, el Big Crunch y otras explicaciones realmente sorprendentes. Según mi modo de ver, en todos estos casos y en todos los momentos de la historia, los científicos han seguido un camino parecido al de los poetas y narradores: de la imaginación a la realidad.
Aristarco sostuvo que la tierra giraba alrededor del sol cuando Galileo no había inventado el telescopio. Eratóstenes calculó la distancia a la luna con pasmosa precisión cuando la geometría y la física eran incipientes. Copérnico propuso su teoría heliocéntrica cuando Newton aún no había descubierto la Ley de la Gravedad Universal. Albert Einstein afirmó que el tiempo y el espacio no son absolutos antes de que se comprobara mediante los telescopios infrarrojos que la luz de las supernovas llegan a la tierra cuando estas ya han muerto hace varios millones de años.
En el caso de los poetas y narradores el camino es más o menos parecido: Dante Alighieri propuso una hipótesis cristiana sobre los castigos a los que practican el mal antes de que las ciencias naturales nos advirtieran sobre la destrucción del medio ambiente; Julio Verne imaginó una nave con que se podía llegar a la Luna (De la tierra a la luna) mucho antes de que se tuviera la certeza de que un cohete podía atravesar con la fuerza y el combustible suficientes el límite de la gravedad terrestre; George Orwell escribió una novela (1984) sobre el control de las sociedades antes de que Internet se convirtiera en una forma eficaz de mantener la atención de los seres humanos.
En el caso del llamado género de ciencia ficción, la intersección entre ciencia y literatura ocurre de modo armónico. Hay casos incluso en que esta armonía es el objeto mismo de la historia y ambas comparten procedimientos para llegar a la verdad o evitar catástrofes humanas. Además de los libros de los autores ya citados, pienso en La máquina del tiempo de H. Wells, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde de R. L. Stevenson, Un mundo feliz de Aldous Huxley y los libros de divulgación científica escritos por Isacc Asimov. Hay autores como Alberto G. Rojo que han documentado las visiones de Edgard Allan Poe respecto a la luz del universo que todavía no llega a la tierra (Eureka: un Poema en Prosa, 1848) la bifurcación del tiempo y la hipótesis de los mundos cuánticos en un cuento de Jorge Luis Borges (El jardín de los senderos que se bifurcan) y el viaje a través del tiempo en la novela de Contact de Carl Sagan (1986). Existen, por supuesto más casos en los que es posible rastrear muchos hechos que luego han sido consagrados por la ciencia como verdades. En todo caso, ¿llegaría el día en qué se pueda imaginar el conocimiento científico o experimentar en un laboratorio las realidades literarias?
Se presume que para la invención de sus realidades, poetas y escritores deben tener la cabeza muy lejos de sus pies, y que para crear sus sofisticados principios y leyes universales los científicos deben afirmar muy bien sus pies sobre la tierra. En realidad no es tan cierto. Para llegar a imaginar el mundo de 1984, George Orwell tuvo que conocer muy bien la realidad científica y social de su tiempo; mientras que para admitir la posibilidad de viajar al futuro los científicos de hoy han tenido que apelar a la fuerza extraordinaria de su creatividad para proponer la tesis de los «gusanos del tiempo». La ciencia y la literatura se parecen más de lo que presumimos. Es increíble que ciencia y literatura estén tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos por los caprichos de los dogmáticos.

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