Tuesday, October 25, 2011

Los 'indignados' y los libros de historia

Los abuelos fueron los de Mayo del 68, los padres los alter-mundialistas. Sus nietos e hijos —los indignados— no hacen la revolución con las armas: ocupan Wall Street y piden a gritos democracia ya.

Un indignado vendría a ser por extensión alguien ganado por el enojo, la ira y el enfado vehemente contra una persona o contra sus actos. Y, claro, viejos y jóvenes muchas partes del mundo, de preferencia estos últimos, están indignados con toda razón contra políticos, banqueros y todos aquellos que han arruinado la vida de la humanidad en estos últimos cien años.
Hace algún tiempo, cuando Argentina estaba en la época del “corralito” y mudaba de presidentes según el humor de los ciudadanos, el anhelo común de los indignados era «Que se vayan todos», frase que expresaba por un lado un sentimiento de revancha y, por otro, el descrédito absoluto en el que habían caído los políticos profesionales de ese país.
No sé si existe alguna relación entre el periodo de incredulidad que comienza entre fines de los años 80 y comienzos del siglo XXI —que algunos llaman del «escepticismo generalizado» o «ausencia de utopías»— y la cadena de indignación que como reguero de pólvora continúa por calles y plazas de muchas ciudades del Europa, EE. UU y América Latina desde el 18 de enero del 2011, día en que cayó el gobierno de Túnez como consecuencia de una asonada coordinado a través de las redes sociales e impulsada por jóvenes menores de 30 años.
Quizás los verdaderos padres o precursores de los indignados sean los alter-mundialistas o alter-globalizados, quienes a comienzos de este siglo protagonizaron un movimiento de resistencia que perseguía entre otras cosas, y de manera a veces confusa, la condonación de la deuda de los países más pobres, el freno al desastre ecológico y la derrota en todos los frentes del capitalismo salvaje.
Como sus antecesores ideológicos, los indignados se valen de la «insurrección pacífica» para protestar y no tienen definido un programa político, económico o cultural. Se guían básicamente por un enemigo común: el programa neoliberal. Los indignados aborrecen que se les vea como consumidores, que la tierra se haya convertido en un hipermercado, que las políticas presupuestarias y monetarias ignoren a los más pobres y que los políticos de siempre den a los demás lecciones de “democracia» mientras se llenan los bolsillos.
La acción de los indignados ha escrito en tiempo récord su propia historia. Empieza con la Primavera Árabe; es decir, con las caídas sucesivas de los gobiernos de Túnez, Libia, Egipto, el norte de África y algunas zonas del Medio Oriente; y continúa luego con la invasión de las plazas emblemáticas de Madrid y Barcelona el 15 de mayo durante varios meses. Esa vez no cayó un gobierno, pero sí se abrieron conciencias y se enarboló con energía la bandera de la democracia real. Algo de esto fue recogido después por el movimiento estudiantil chileno liderado por Camila Vallejo.
Y así como antaño Mayo del 68 y los movimientos contraculturales viajaban de EE.UU. a Europa y viceversa, así también el movimiento de los indignados se traslada presuroso hasta las costas de ambos continentes. Ahora mismo está en Nueva York. La iniciativa se llama «Occupy Wall Street» y lleva ya varias semanas dándole de alma a los banqueros, a quienes acusan de inescrupulosos y asesinos. «All day, all week, occupy Wall Street» (Ocupemos Wall Street todo el día, toda la semana), dice una pancarta. Su influencia se ha extendido a ciudades de Europa, Chile, Colombia y México, donde ha obtenido un respaldo extraordinario. ¿Y en el Perú?
Las protestas de los indignados en España son, tal y como sucedió con los estudiantes parisinos de Mayo del 68, ingeniosos, muy ingeniosos en verdad. Algunos de los recogidos por el diario El País son: «Si los de abajo nos movemos, los de arriba se caen», «Estamos arreglando el mundo, disculpen las molestias», «O me arregláis este mundo o yo no salgo» (cartel en la barriga de una mujer embarazada), «Si tienes una pistola puedes robar un banco, pero si tienes un banco, puedes robar a todo el mundo», «Se ofrece esclavo titulado» (un cartel sobre el pecho de un joven biólogo que en cuatro años no ha conseguido trabajo), «He nacido para ver morir el sistema» (el cartel de un bebé), «Las putas insistimos: los políticos no son hijos nuestros» (Twitter).
Pero tal vez el más representativo sea este: «Si no salimos en los periódicos, saldremos en los libros de Historia». Allí está el programa que no se encuentra, el eje ideológico que atraviesa a todos los indignados: la conciencia de que el mundo está cambiando, así los poderosos miran a un costado, como quien no quiere la cosa.

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