Con una tradición que empieza con Truman Capote y llega hasta la mítica revista peruana Etiqueta Negra, la no ficción atraviesa uno de sus momentos estelares (hasta que desparezcan los lectores).
El término no ficción (del inglés non-fiction) se usa tanto para referirse un tipo de literatura que consiste en mezclar la investigación periodística con unos toques de creación literaria como a una clase de periodismo híbrido, el cual fusiona la crónica, el periodismo de investigación y el estilo literario.
Se cita frecuentemente a Truman Capote como el precursor de la no ficción con su libro A Sangre Fría (1966), pero las nuevas generaciones de cronistas latinoamericanos prefieren decir que fue más bien Rodolfo Walsh, quien nueve años antes que Capote (1957) publicó su libro Operación masacre, una compilación de testimonios escritos con los recursos de la novela y la crónica policial.
En términos generales, se puede decir que en la no ficción el periodismo y la literatura se retroalimentan o usan recíprocamente. El primero pone a libre disposición las herramientas de investigación para aproximarse a la realidad y la segunda las técnicas y procedimientos narrativos para contar cómo ocurre esa realidad. De ahí que algunos prefieran las etiquetas de periodismo narrativo o periodismo literario.
En realidad, el verdadero impulso a esta nueva forma de escribir periodismo y literatura ocurrió en Estados Unidos en los años 60 con la irrupción del llamado nuevo periodismo, una corriente surgida en el seno de los movimientos contraculturales de esos años y que propugnaba la aplicación de recursos estético-literarios al periodismo tradicional, al que además declararon pobre, obsoleto y en agonía.
Entre los exponentes de este movimiento destacan Truman Capote, Tom Wolfe, Norman Mailer y Gay Talese, este último consagrado sobre todo a retratar a los ricos y famosos y cuya epígono es sin duda su magistral perfil Frank Sinatra está resfriado. De las entrañas de Capote y compañía saldría después el periodismo gonzo, cuyo solitario y salvaje representante, Hunter Thompson, planteaba que la mejor forma de conocer el hecho noticioso era inmiscuyéndose en él hasta casi influenciarlo. El resultado era un relato maniático y subjetivo. Thompson se convirtió en los años 60 en un ícono cultural, pero su forma de escritura y abordaje de la realidad no tuvo seguidores.
Sin embargo, no son únicamente los periodistas y escritores norteamericanos los únicos que han dejado una estela. A ellos hay que sumar al legendario reportero polaco Ryszard Kapuscinski, a quien la nueva generación de cronistas de habla hispana considera como uno de sus más importantes influencias, pese a su controvertida forma de reportear los acontecimientos y a las relaciones ambivalentes que mantuvo con el régimen comunista polaco.
El género estrella de la no ficción es sin duda la crónica, especie a la que Juan Villoro considera el “ornitorrinco de la prosa” por las múltiples influencias que recibe: «De la novela extrae la condición subjetiva (…); del reportaje, los datos inmodificables (…); del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica; de la entrevista, los diálogos, y del teatro moderno, la forma de montarlos (…)».
En América Latina hay una línea de cronistas puros y duros que empieza con Rodolfo Walsh sigue con Carlos Monsiváis, continúa con Juan Villoro y Martín Caparrós y llega hasta los cronistas agrupados alrededor de revistas míticas como Gatopardo, Etiqueta Negra, Soho, El Malpensante, Rolling Stone y diarios y suplementos de los principales capitales del mundo de habla hispana. Ellos sin duda han incubado su trabajo en la línea de precursores como Rodolfo Walsh y Truman Capote.
¿Y qué está pasando en Latinoamérica tras medio siglo del surgimiento de la no ficción? El libro Domadores de historias. Conversaciones con grandes cronistas de América Latina publicado por la universidad Finis Terrae de Chile es una especie de primer balance de lo que contece. Aunque faltan autores como Leonardo Faccio, Gabriela Winner, José Alejandro Castaño, entre otros, el libro recoge los mejores textos y testimonios de cómo se investiga, cómo se escribe y para qué sirve la crónica a catorce de los más importantes representantes de este género: Leila Guerrero, Juan Pablo Meneses, Rodrigo Fresán, Francisco Mouat, Sergio González, Alberto Fuguet, Josefina Licitra, Alberto Salcedo Ramos, Santiago Gamboa, Daniel Titinger, Julio Villanuena Chang, Martín Caparrós, Cristian Alarcón y Juan Villloro. La conclusión a la que arriba el libro es contundente: el buen momento por el que atraviesa la crónica, la no ficción y el periodismo narrativo en esta parte del mundo.

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