Es probable que los libros sobrevivan a la revolución tecnológica, pero a lo que seguro no sobrevivirán es a un ataque masificado de esos insectos devoradores de papel: las polillas.
Quizás los e-books no acaben nunca con los libros físicos, pero sí las polillas, esas mariposas minúsculas e impertinentes que se alimentan, entre otras cosas, de papel impreso. En general, no tengo nada contra ellas ni contra los demás insectos, salvo un súbito rencor personal.
Hace unos días, mientras redactaba un artículo sobre la poesía de César Vallejo, decidí consultar un libro que aprecio mucho: The complete poetry of César Vallejo (edición bilingüe) de Clayton Eshleman. El tomo de casi mil páginas es propiedad de mi amigo Williams López y está a buen recaudo de ladrones, humedad e insectos saprófagos, al menos eso era lo que yo creía.
La edición es más o menos reciente y supongo que por el lado de la madurez orgánica no resulta muy apetecible para las maripositas voraces. Lo cierto es que estas señoritas eligieron el libro de Vallejo como banquete porque es lo primero que encontraron, por el tipo de papel, porque eligen sus víctimas al azar o qué se yo. Sin embargo, quiero creer que optaron por este autor porque algo saben del tema. Es un absurdo, pero me gusta creerlo.
La duda que me obligó a consultar el grueso tomo de pasta duras no tenía nada que ver con la traducción al inglés. Yo solo necesitaba cerciorarme si había citado bien de memoria un verso, y como el texto a estaba a tiro de piedra me dirigí al estante donde reposa toda mi colección vallejiana. Estiré la mano, tiré de uno de los ángulos del lomo y lo saqué de su guarida. Entonces sentí a través de la palma de mi mano que un surco se había abierto en su superficie.
Acerqué el libro a la lámpara y vi estupefacto asomarse a varios gusanitos. Mierda, exclamé y lo abrí rápido, como si esta actitud sirviera de algo para detener la labor que las polillas seguramente habían empezado meses atrás. Desesperado, fui aplastando con mis manos —que me perdonen los defensores de la Naturaleza— uno a uno a esos viles intrusos. Unos minutos después, ambas estaban manchadas de una materia viscosa y el libro atravesado por una profunda cueva que empezaba con un boquete en la contratapa y terminaba en un fino e imperceptible orificio en la portada. Me sentí como alguien a quien acaban de decirle que ha ganado la lotería, pero no puede cobrarla porque ha arrojado el billete a la basura.
De la sorpresa pasé al pánico porque tras mi venganza exterminadora caí en cuenta que el libro compartía espacio con una docena de libros del poeta. Pálido y sudoroso me abalancé sobre los demás incunables. Los revisé minuciosamente, como hace un médico con sus pacientes más graves. Pero nada. Las polillas habían sido sorprendidas en la antesala del apocalipsis y no habían tenido tiempo más que para un bocadillo. Pero no canto victoria: tengo una baja muy importante entre mis filas y todavía falta auscultar el resto de libros de mi estante.
Un día después de la catástrofe bibliográfica pregunté a familiares, alumnos, profesores, amigos y enemigos —que saben mucho de exterminio de plagas y bichos incómodos— qué medidas preventivas implementar. Los consejos eran variados: bolistas de naftalina, quemar a la brevedad posible el estante, untar la madera con querosene, adquirir uno de esos aparatitos anti-humedad que venden en los supermercados o matar sin piedad a toda mariposa sospechosa que circulara por el cielo raso de mi biblioteca. La verdad es que a todos los juzgué desatinados. En mi proceso de paranoia y sed de venganza yo albergaba la idea de que alguien me recomendara un spray que las liquidara en el acto o un mini lanzafuegos para borrarlas de la faz de la tierra. Pero seguramente mi imaginación estaba desbocada y mi yo afectivo era fácil presa de la ira. Deseos aparte, ahora tengo una deuda económica y moral con mi amigo Williams López y un libro de páginas huecas.
En mis pesadillas de lector hedonista y tradicional he imaginado varios finales para la era del libro físico. La más recurrente es la de los bomberos quemando bibliotecas y persiguiendo lectores en la novela Fharenheit 451 de Ray Bradbury. Pero hay una más aterradora que me ataca de día, en la vigilia, y en pleno uso de mis facultades mentales. Es esta: miles de gusanos reptan por la superficie de la tierra en busca de bibliotecas que devorar. Allá, al fondo, divisan la mía. En ese momento, cuando ya están a punto de llegar a su objetivo, me despierto de pronto con un libro apolillado de Vallejo entre las manos.

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