Monday, August 08, 2011

PAÍS DEL “LEVANTE” O EL “PONIENTE”



Entre el reino fabuloso de oro y perlas del siglo XVI y el país excluyente y centralista del siglo XXI hay muchos años y muy pocas diferencias. Un Perú con desarrollo e inclusión es más urgente que nunca.

El sustantivo Perú fue al principio impreciso. Los españoles que vivían en Panamá en la primera mitad del siglo XVI lo asociaban a una persona, a un lugar y a una leyenda. Birú llamaban a un cacique de las tierras del sur, a un señorío lleno de riquezas y a una tierra incógnita que, por la abundancia de su oro y perlas, más parecía de la imaginación que de la realidad.
Los sucesivas exploraciones hacia los territorios inhóspitos del sur fueron descubriendo la verdadera naturaleza de Birú. El nombre a su vez, quizás conforme la nebulosa de la codicia se disipaba, fue mutando a Pirú y más tarde a Perú, que es finalmente el nombre que se usó en adelante para llamar al territorio de los incas.
Nuevas y bien documentadas indagaciones históricas han demostrado que antes de que Pizarro y sus socios pusieran un pie en tierras peruanas vía el Pacífico, un grupo de soldados portugueses encabezado por Alejo García llegó por tierra al Tahuantinsuyo vía Paraguay. En ese lugar, García oyó hablar a los nativos de la Sierra de la Plata, que no era otro que el Tahuantinsuyo. Los datos históricos informan que llegó hasta Bolivia y capturó la fortaleza de Cuscotuyo, hasta que Huayna Cápac, que por entonces se hallaba en Quito, ordenó su inmediata recuperación al general Yasca. Derrotados, los portugueses regresaron a Paraguay y la historia, en cierta forma, los olvidó, igual que el nombre que le pusieron al lugar: “El país de los caracaraes”. Esto quiere decir que el Perú fue descubierto por el levante (este) y no por el poniente (oeste), y que lo hicieron los portugueses y no los españoles.

Nuestro país nació como un utopía. Un lugar pródigo en oro y perlas era más atractivo que una nación donde su sociedad había domesticado plantas silvestres, subido mediante ingeniosos mecanismos de ingeniería el agua a las montañas, levantado muros con piedras gigantescas, ideado un sistema de caminos que cubría los cuatro puntos cardinales e impuesto progresivamente una lengua para homogenizar su dominio.
Desde tiempos remotos se impuso la visión del “poniente”, la del país costero, rico, centralista y hegemónico. La otra visión, la andina, la del “levante”, la que venía del centro mismo de sus entrañas fue olvidada por desconocimiento y por desinterés. Es verdad que ni Pizarro y sus socios ni García y sus huestes se lo propusieron, pero esa es finalmente la estructura de país que heredamos. De allí nació el dilema en el que nos hemos movido hasta hoy: centro y periferia, atraso y modernidad, riqueza y pobreza, sierra y costa, indios y blancos.
Las viejas ópticas del “levante”, el “poniente” y otras que los cambios sociales han impulsado permanecen en el tiempo. En la Independencia tuvimos, por un lado, a San Martín, quien defendía un estado monárquico; y por otro, a Bolívar, quien era partidario del régimen republicano. Luego aparecieron en escena los intelectuales criollos (como los miembros de la Sociedad de Amantes del País) que nunca consideraron al Perú estructural o “profundo”. Después, en los siglos XIX y XX , intelectuales y políticos como Manuel González Prada, José de la Riva Agüero, Víctor Andrés Belaúnde y José Carlos Mariátegui plantearon tesis socio-políticas cuyo fines eran interpretar correctamente la realidad.
A fines de los 40 del siglo XIX, los científicos sociales introdujeron las nociones de “choledad, “Perú mestizo” y “utopía andina”, que resultaron insuficientes para entender los cambios. En 1984, José Matos Mar sostuvo que en el Perú ocurría un «desborde popular» de los límites normativos e institucionales del Perú formal. Dos años después, Hernando de Soto completó en cierta forma la tesis de Matos Mar y planteó la idea de que en el Perú existía una economía «informal» cuyas causas eran la profunda indiferencia del Estado con respecto a los sectores sociales periféricos y a los altos costos burocráticos que debían pagar quienes deseaban ser «formales».
En el 2007, Francisco Durand sostuvo que el Perú estaba «fracturado» por fisuras horizontales (campo/ciudad, ricos/pobres) y por brechas verticales (economía formal, economía informal y economía delictiva) que lo conducían a la cultura de la «transgresión», lo cual ponía en riesgo la construcción de un estado inclusivo. Luego de los intelectuales, políticos, sociólogos y economistas, los que se han dedicado a “entender” el Perú son, en cierta forma, los profesionales del marketing y la administración, a quienes se les acusa de ser ingenuos y excesivamente optimistas en sus planteamientos.
Pese a todos esfuerzos, la visión del país del “poniente”, discriminador y centralista ha permanecido. El Estado con inclusión —tal y como lo pregona el nuevo presidente Ollanta Humala— es más que una urgencia. Es una acto de justicia y reparación.
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Imagen: Fuente, Provided by the SeaWiFS Project, NASA/Goddard Space Flight Center, and ORBIMAGE.





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