Es verdad que no hay manual o decálogo para ser buen periodista, sin embargo, según M.A. Bastenier, se necesitan cuando menos algunas condiciones para que el oficio llegue a ser una profesión.
Aunque es casi un consenso que el periodismo no se estudia sino se aprende y que se trata de un oficio más que una profesión, siempre es fundamental aprender de las lecciones de los maestros, sobre todo de gente que se ha dedicado casi toda su vida a dictar talleres sobre periodismo puro y duro como el hispano-colombiano Miguel Ángel Bastenier.
En su libro Cómo se escribe un periódico, que acabo de leer con apurada fruición, Bastenier desnuda los vicios y taras del periodismo escrito de Latinoamérica, entre los cuales el mayor es, probablemente, lo que él llama el «chip colonial» o «síndrome de la complicación», que consiste en el conjunto de herencias lingüísticas y mentales que se arrastran desde tiempos de la Colonia.
Gracias al «chip colonial», los periodistas escriben como notarios del siglo XVI; llenan de «adornos» los textos y retardan el hecho noticioso; cultivan la «declaracioniotis», es decir transcriben lo que los personajes públicos declaran; y practican el «periodismo institucional», el de las típicas notas de prensa, el que los poderes fácticos quieren ver publicado en los periódicos.
El texto empieza con una declaración de fe antológica, sin la cual, según Bastenier, nadie puede dedicarse a la práctica del periodismo en español: «Mi primera lealtad no es a Dios, que en caso de necesidad solo podría ser el de los católicos, a la Patria, aun teniendo a dos, España y su cómplice natural, Colombia, ni a ninguna institución— monarquía, república— o ideología —socialismo, liberalismo, anarquismo—. Mi primera lealtad solo se la debo a la lengua de España y gran parte de Latinoamérica».
Su ideal es que los periodistas, por lo menos los que recién empiezan en el oficio, incorporen a nivel de automatismo la corrección idiomática. Un informador, dice, «no puede soportar en las páginas de un periódico, ni en la pantalla del PC, la visión de determinadas anomalías, infracciones y errores, a cuya corrección se dirige como atraído por un imán; estoy hablando, por ejemplo, de sentir la visión de una palabra sin tilde como un atentado contra el orden natural de las cosas».
Otros automatismos que deberían desarrollar son la brevedad, la consignación de persona, tiempo, lugar y circunstancias y la distinción entre géneros periodísticos. Para esto, es primordial el trabajo de los «editores», un rol desconocido y mal ponderado en el periodismo en español, a diferencia de la prensa anglosajona que hace tiempo ha comprendido que una publicación sin editores carece de estilo, criterio y sentido. Un editor es a la vez un cirujano, un esteta y un dictador en el mejor sentido de la palabra. Su falta se echa de menos cuando leemos noticias mal contadas, mal escritas y, por lo mismo, poco o nada creíbles.
Quizás lo más destacado de las lecciones de Bastenier sean las diecinueve condiciones que debe reunir alguien para ser considerado como buen periodista: nacer con o adquirir una de las tres lenguas de mayor prestigio en Occidente (inglés, francés o español); disponer de un mínimo de comodidades materiales; tener acceso a libros y periódicos; practicar una comunicación saludable y eficiente desde el hogar; haber asistido en la infancia a escuelas buenas o cuando menos presentables que no permitan lagunas en la formación; estudiar, aparte de periodismo, otra profesión seria como humanidades, historia, filología; leer cuanto novela o libro de ficción caiga en las manos, pues el periodismo, como sostiene García Márquez, no es más una género de la literatura.
Las recomendaciones incluyen además: viajar mucho porque un viaje enseña a veces mucho más que cientos de libros; cultivar idiomas con el placer de un hedonista; disponer de un estómago de hierro porque la profesión es riesgosa y a tiempo completo; respetar las normas idiomáticas, pero confiar en el talento creativo; aprender el tao del oficio en agencias de noticia o diarios, nunca en publicaciones que salen tarde o nunca; manejar informática y periodismo digital en dosis suficientes para no ser considerado un analfabeto; escribir rápido y bien y no lento y mal, lo cual se aprende practicando; no confundir la sala de redacción con una biblioteca o un templo y saber que se está obligado a escribir en medio del fragor, la bulla y la incomodidad; no creer en una sola fuente ni favorecer a ninguna (un periodista no cree ni descree); tomar consciencia de que el oficio puede llegar a ser una profesión; comprender que los periodistas son seres omnívoros e insatisfechos; tener presente que aprender nunca tiene un fin porque la ignorancia es consustancial a los individuos; y ser finalmente un poco inconsciente para meterse en esta aventura que a veces paga mal.
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