Friday, July 22, 2011

La hoguera de la vanidad

Sin ego no hay escritura, ni menos héroes y leyendas literarias. Un libro del periodista Juan Cruz levanta un inventario intimista e inolvidable de la egolatría.

Detrás de la fama de un escritor hay siempre una vida en la que el protagonista es el ego, esa instancia síquica parcialmente consciente que, un por un lado, encarna los ideales del superyó y, por otro, los excesos de la autoestima que todos los seres humanos cultivamos, en especial los escritores.
La celebridad es una escala de poder que transforma a los individuos. Gracias a esto, algunos se vuelven caprichosos, inestables, mimados, antipáticos, insoportables y odiosos. Según Juan Cruz, un célebre editor que ha alternado durante más de 40 años con los más prestigiosos escritores de habla hispana, hay egos hinchados, flacos, tímidos y abruptos.
Para Cruz, los egos son «la materia misma de la escritura». Se trata de la fuerza que mueve a los escritores e impulsa la experiencia de una pasión. Al parecer, no se puede concebir la historia de la literatura sin los excesos de la egolatría. Mientras los seres humanos comunes y corrientes desayunan «huevos revueltos», los escritores lo hacen con «egos revueltos».
El libro Egos revueltos. Una memoria personal de la vida literaria de Juan Cruz es una especie de zoo espléndido sobre la fragilidad o fortaleza de los escritores en cuanto ponen en movimiento su vanidad. Bajo la lupa memoriosa del el ex editor de Alfaguara son auscultados personajes disímiles como Jorge Luis Borges, Paul Bowles, Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, Ernesto Sábato, Susan Sontag, Günter Grass, Jorge Semprún, Severo Sarduy, Manuel Vásquez Montalbán, Alfredo Bryce Echenique, Camilo José Cela y muchos más.
A la estirpe de los egos flacos pertenecía Guillermo Cabrera Infante, a quien el exilio y la persecución del régimen de Fidel Castro hirió de manera cruel. En cambio Camilo José Cela era más bien un representante de los egos hinchados. Si antes de ganar el premio Nobel en 1989 ya era insoportable, después de este quería cortarle el cuello a todo aquel que se atreviera a hacerle una crítica. Del género de los abruptos tenemos a los de Juan Carlos Onetti y Mario Benedetti, aquejados por dosis súbitas de cólera y fastidio. El primero le exigía siempre a su editor que publicitara sus libros y el segundo creía que sus artículos no aparecían en los medios porque alguien conspiraba contra él. A esta lista habría que sumar al de Juan Marsé, dueño de un ego bronco y peculiar.
Sin embargo, hay egos que se hacen los tímidos para cubrir una lista muy grande de antojos. Por ejemplo: Ernesto Sábato, quien siempre daba la apariencia de modestia aunque en el fondo quería ser siempre mimado y reconocido. Se creía perseguido por la injusticia literaria y envidiaba a Borges, a quien consideraba —y no perdía oportunidad de repetirlo en confidencia— una mala persona. Y nunca ocurrió al revés. Borges tenía más bien un ego infantil y juguetón.
El ego de Susan Sontag fue de una especie que podría llamarse «sereno» o «recatado», igual que el de Mario Vargas Llosa; egos que se muestran casi siempre en forma sutil o calculada. Cruz cuenta la suspicacia de la escritora norteamericana respecto a los tipos de hoteles en los que la alojaban los editores, así como la derrota anímica de Mario Vargas Llosa cuando las elecciones en 1990 le fueron adversas. El periodista español lo vio unos días después de que esto ocurriera en París, con vente kilos menos y desmejorado, no obstante con la chispa de la literatura otra vez en la mirada.
En el libro de Juan Cruz se consigna asimismo los ecos de una antigua polémica en el que entrechocaron los egos de José María Arguedas y Julio Cortázar. El que tenía muy presente este episodio era Juan Carlos Onetti, quien acusó al argentino de haber sido el causante de una gran decepción en el peruano y haber propiciado que se suicidara dos veces. Cortázar respondió a las críticas de Arguedas con una frase letal: «Usted toca una quena en Perú y yo dirijo una orquesta en París», y esto causó la molestia del novelista uruguayo. «Es una grosería, sobre todo conociendo a este peruano, que es uno de los hombres más dulces que he conocido (…) Y eso es imperdonable, jamás se lo perdonaré a Cortázar», dice Juan Cruz que dijo Juan Carlos Onetti desde la cama en que reposaba.
En realidad, quizás lo más fascinante de este libro no sean las vidas secretas que revela, sino el culto a la amistad que exhuma a través de anécdotas, ironías y episodios históricos imbuidos de cariño y melancolía

2 comentarios:

Fátima Madi Luck said...

Muchas gracias por esta entrada, profesor. Me encantó. Ahora me gustaría conseguir este libro lo antes posible.

Luis Eduardo García said...

Tienes que pedirlo a Crisol. No sé si habrán más ejempleres. Yo pedí uno y me lo trajeron en menos de una semana.
Saludos.