Tuesday, September 27, 2005

Temblores y temblores



Hay temblores del cuerpo y temblores del alma. Los hay también de la corteza terrestre, que los hombres llamamos, según su intensidad, sismos, terremotos o simplemente temblores.
Los del cuerpo y el alma ocurren en situaciones especiales y tienen que ver con las enfermedades o con cuestiones del clima. Por ejemplo, una fiebre o un exceso de frío.
Los temblores que sacuden el suelo, esos sí que son de temer. Los sismólogos han inventado escalas para medirlos: de Ritcher y de Mercalli. A partir del grado 7, dicen los científicos entendidos en el tema, hay pérdidas de vidas humanas y destrucción de edificios.
Los temblores del cuerpo y el alma, en cambio, no se pueden medir. Se mide la fiebre, pero no el temblor. Nadie tiembla en escala 5, 6 ó 7. Quizás sienta que va a perder la vida. Nada más. Tampoco estos temblores causan pánico ni empujan a las personas a arrodillarse en la calle y pedirle a Dios que cese su castigo divino.
El único temblor equiparable a sismos y terremotos es el del amor. Allí sí que las escalas de Ritcher y Mercalli son totalmente inútiles. Es cierto que los daños que estos temblores causan no son medibles ni previsibles. Ocurren simplemente en grado catastrófico. Conozco a más de un sujeto en cuya expresión causada por algún mal amoroso uno puede identificar choques de placas terrestres. Es un decir.
Los temblores que sacuden a la tierra son terribles no solo por los daños materiales que causan, sino también por el extraordinario pavor que causan en la gente. El terremoto que acaba de azotar a Lamas y Moyabamba es un ejemplo de lo imprevisible que son estos fenómenos naturales y, sobre todo, del profundo desequilibrio emocional que nos causan
Frente a un terremoto o temblor, muy poco o nada se puede hacer, por más que Defensa Civil se encargue de recordarnos todos los días lo útil que son los simulacros. La verdad es que cuando la tierra tiembla, corremos despavoridos a la calle, gritamos, rezamos y pensamos únicamente en salvar nuestras vidas. A veces, en ese proceso de salvataje incluimos a quienes más queremos: alertamos a los que ni se dan por enterados que la casa se cae; despertamos a los que duermen a pierna suelta; y levantamos en vilo a los que no pueden auxiliarse por sus propios medios.
Tras el paso de un movimiento sísmico, normalmente corremos al teléfono para llamar a nuestros familiares y saber qué suerte han corrido, o sino prendemos la televisión o la radio para averiguar qué ha pasado. Entonces, el alma nos vuelve al cuerpo y agradecemos con una oración o con un gracias abstracto a Dios, que no ha permitido que estemos entre quienes han sufrido directamente la catástrofe.
Hago este recuento desde la perspectiva de los que padecen el terremoto que no ocurre. ¿Y qué hay de los que sí lo sufren en carne propia? Supongo que esto no se puede contar. ¿Cómo la habrá pasado esa pobre gente de Lamas y Moyabamba? ¿Se imaginan el trance de los pobres de New Orleans cuando les pidieron que se fueran porque el agua iba a inundar sus casas? Creo que ni siquiera lo podemos imaginar. No es que pretenda provocar sentimientos de culpa porque estamos en una posición más o menos cómoda. Simplemente quiero recordar cuán injusta e imprevisible es a veces la naturaleza. Hay temblores y temblores.

8 comments:

Anonymous said...

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Beba Newmann said...

Hay temblores y temblores, y también "tamblores". Me pregunté qué rayos es eso, y caí en cuento que fue error dactil (lapsus cálami)... Bueno y sobre los temblores que no se circunscriben a escalas predefinidas te diré que causan tan o igual conmovición que uno telúrico.Saludos.

_emidark_ said...

Una vez sentí un temblor corporal
y lo denominé, inefable
era muy indescifrable
hasta que un día logre entenderlo
pero era demasiado tarde

Saludos profe :P

djmantra said...

una susesión de ideas que no saben como expresarse es también un temblor, ese movimientos tembloroso de los dedos cuando te sientas frente a alguna maquina a escribir aquello que piensas pero simplemente no te aparece nada en el monitor. Un temblor de ignorancia momentánea.

buena maestro.

why said...

Antes los temblores eran solo eso, temblores, ahora sé perfectamente como puedo reccionar en uno y si hay algo que deseo, es irme de la tierra sin sentir un terremoto. No lo soportaría.

saludos

Aquiles said...

¿Y los temblores del miedo? ¿de la tristeza? ¿de la felicidad? ¿del odio? aunque estos son considerablemente temibles, lo son aun más sus paralizaciones.

Sylvana Ciafrino said...
This comment has been removed by the author.
Sylvana Ciafrino said...

Luis, hoy me toca enseñar un texto sobre los problemas sísmicos de México. Para ampliar (e ilustrar) les llevaré tus "temblores y temblores". Espero que no te moleste. Para mí será un placer tener a un poeta en clase.