Wednesday, January 25, 2012

El placer anacrónico

Los libros se han guardado por siglos en estanterías y bibliotecas con placer maniático. Dentro de poco, se conservarán por miles en dispositivos miscroscópicos y, por lo mismo, exigirán un nuevo tipo de devoción por parte del lector.
¿Por qué seguir comprando libros, leerlos tumbados en un sofá y luego guardarlos en estantes si dentro de poco serán cosa del pasado, viejos objetos que los bibliómanos y bibliófilos conservarán como las joyas de la abuela?
El lugar de los libros va siendo ocupado poco a poco —y de manera irreversible— por aparatos informáticos diminutos capaces de almacenar miles de ellos en apenas centímetros cuadrados, ¿entonces por qué insistir en conservarlos si ocupan tanto espacio? Supongo que se trata de un tema generacional.
Los que guardamos libros a la antigua somos, como los lectores de mañana, hijos de las costumbres, el conocimiento y las circunstancias. En mi caso: es lo que aprendí de niño con mi familia, lo que experimenté cuando visitaba alguna biblioteca pública en mi época de colegial y lo que ciencia y la tecnología de los 70 indicaban a los dueños de estos objetos mágicos.
Hay sin duda una especie de nostalgia que mueve a los cuarentones como yo a visitar regularmente librerías formales y de viejo para agenciarse de materiales de lectura. Soy un migrante como todos los de mi edad y aunque puedo leer diarios y revistas en la pantalla de una computadora, soy incapaz de meterle diente a un libro completo bajo el formato digital. Soy hijo de mi tiempo, no lo dudo.
Las editoriales siguen produciendo libros físicos porque existe todavía un mercado para lectores anacrónicos o sobrevivientes como yo, porque los e-books son todavía relativamente caros y no han podido desarrollar una cultura del placer cibernético y porque aún restan muchos años para que abandonemos del todo las estanterías abarrotadas de textos impresos. Cuando ese día llegue, ¿a dónde irán a parar todos los shakesperares, borges, vallejos, garciamarques, vargasllosas, kunderas y pessoas que me han acompañado a lo largo de la vida? ¿Arderán a 451 grados Farenheit?
Los que compramos y coleccionamos libros practicamos un ritual de adquisición y lectura. Primero vamos, previo ataque de ansiedad, en su busca. Cuando llegamos a las librerías, los tomamos con cariño, miramos las tapas, leemos los cintillos de promoción, luego la nota de la contratapa y en última instancia el precio. Ya a esta altura del ritual sabemos que serán nuestros, pero insistimos por puro hedonismo en comprobar con el asistente a asistenta del lugar si el precio es el que dice la etiqueta. Pagamos y salimos disparados a casa con la finalidad de disfrutar con más libertad su posesión.
En casa arrancamos lentamente la envoltura de plástico, los volvemos a acariciar y los olemos. Sí, los olemos. Los libros huelen a tinta impresa, a goma, a artificio y, por supuesto, a conocimientos, a información. No podemos describir exactamente el olor, lo cierto es que huelen a una mezcla de todo y ese olor es como la justificación de una adicción. Tras el rastreo sensorial, viene quizás la parte más placentera: buscar el momento ideal para clavar los ojos en su primera página.
He inaugurado primeras páginas de libros en camas, sofás, retretes, asientos de buses y aviones, salas de espera y cafeterías, y siempre con mucho respeto y reverencia. No suelo mientras leo subrayar o anotar sobre las páginas impresas, aunque lo he hecho algunas veces por necesidad y con buenos resultados. En general, prefiero tomar notas en libretas, pegarles papelitos adhesivos de colores a las páginas y cuidar de que los libros no se estropeen por ninguna de sus partes. Algunas veces, sí se trata de textos que me interesan en demasía, les coloco una cubierta de plástico y los limpio cuidadosamente. Se puede decir que cuido de ellos con devoción de fanático. A veces he pensado que el cariño que les prodigo con tanto esmero es mi manera de despedirme de ellos, de asirme a una materialidad que probablemente no exista cuando yo me haya muerto.
Mi hija Luciana tiene once meses de nacida. Es dueña de un par de libros ilustrados de El Quijote para niños, de esos que tienen las páginas de cartón grueso, grandes dibujos y casi nada de texto. Ella, por supuesto no lee, pero ha aprendido algo que su madre y yo le hemos enseñado inconscientemente: que los libros se guardan en los estantes. Cada vez que quiere jugar con ellos pide con gestos y sonidos que la acerquemos hasta el lugar donde los deja siempre. Es el mismo rincón donde reposan los libros de Octavio Paz, Tolstoi, Mann y Celine. ¿Cómo decirle que se trata de una costumbre extemporánea, de un ritual que ella cambiará dentro de poco por tecnologías que sus padres no alcanzarán a ver ni a experimentar? Por ahora, me consuela pensar que será una lectora del futuro.
-------------
Imagen: Mmpo.biz

Friday, December 30, 2011

El Fausto enamorado

¿Puede el ansia de una obra creativa postergar la fuerza indomable del amor? La vida del célebre poeta portugués Fernando Pessoa se movió en estas arenas movedizas.
Hay historias de amor que han marcado con fuego la vida de los escritores. Algunas les han servido como fuente de estímulo creativo y otras como causa de infelicidad. Por amor, Dante Alighieri escribió lo que escribió en honor a Beatriz. Por amor también, Sofía Behrs colaboró con la obra creativa de León Tolstoi y alumbró trece hijos. Por desamor, a su vez, Césare Pavese tomó la determinación de acabar con su vida y, por lo mismo, con su espléndido proyecto creativo.
Pero hay historias donde el amor ni se crea ni se destruye, sino que se transforma en un mero instrumento para llegar a un objetivo superior. El caso más conocido es el de Franz Kafka, quien no dudó en confesar a Felice Bauer el papel secundario de la pasión amorosa en su plan creativo: «Mi vida consiste y ha consistido, en el fondo, desde siempre, en tentativas de escribir… Mi tenor de vida está organizado únicamente en función de la escritura y si experimenta cambios, los experimenta para que corresponda mejor, si es posible, al escritor, dado que el tiempo es breve, las fuerzas son exiguas, la oficina un espanto, la habitación muy ruidosa y es necesario apañárselas con artificios, cuando no resulta posible hacerlo con una vida recta».
Algo parecido le escribió Fernando Pessoa a su única y conocida compañera, Ophélia Queiroz: «He llegado a una edad en que se está en plena posesión de facultades, en la que la inteligencia ha alcanzado su apogeo de fuerza y agilidad. Por ello, ha llegado el momento de poner en punto mi obra literaria, completando algunas cosas, reagrupando otras y escribiendo las que todavía no han sido escitas. Para realizar esta obra, necesito calma y cierto aislamiento […] Toda mi vida futura depende de que pueda hacerlo, y hacerlo enseguida […] Si me caso, será contigo, Queda por averiguar si el matrimonio, el hogar (se dé este nombre u otro), son cosas que me convienen, a mí, que consagro mi vida al pensamiento…».
¿La literatura como un poder superior al amor? ¿Qué tiene la exaltación literaria que no tenga el impulso amoroso? Las respuestas quizás tengan que ver con la naturaleza de cada individuo, con su manera personal de encarar el mundo y con la consciencia que cada uno tiene de la misión para la que está en la tierra. En el caso de Fernando Pessoa, él era totalmente consciente de que había venido para servir a una causa suprema: la escritura. Y por esta razón, no dudó nunca en vivir como un anacoreta, privarse de los placeres mundanos y amar a cuentagotas. Pessoa amaba a Ophélia, pero más amaba a la verdad literaria. Las cartas que le dirigió desde 1920 a 1930 así lo acreditan. Ahora que han vuelto a ser reeditadas (Cartas a Ophélia. Libros del zorro rojo, Barcelona, 2010) uno puede seguir paso a paso un proceso amoroso en el que, como dice Antonio Tabucci, encontramos a un Pessoa «obligado a canjear su frágil Margarita, inteligente y algo desorientada, por un Mefistófeles implacable y totalitario, agazapado en el Proyecto de una Obra…». No conozco el libro que reúne las cartas de ella a Fernando, donde supongo se confirma este punto de vista.
«Pessoa escogió simplemente la literatura porque no podía escoger el amor», ha escrito Antonio Tabucci en el prólogo a las Carta a Ophélia. Otros ―a partir de la incierta ambigüedad sexual del poeta y la declarada homosexualidad de uno de sus heterónimos más polémicos: Álvaro de Campos― han sacado la conclusión de que estuvo negado para el amor heterosexual. Si bien esta postura se basa en indicios, resulta muy apresurada. Por lo demás, que fuese o no heterosexual poco importa cuando lo más importante es su obra creativa, obra en la que Ophélia Queiroz resulta hasta cierto punto una «víctima canjeable».
En las cartas llama mucho la atención la forma en que el poeta trata a Ophélia. Unas veces con términos infantiles: «Bebé», «Bebecito», «Bebé-angelito», «Ninita», «Bebé-«Ninita». Otras voces con sustantivos ofensivos: «Víbora», «Avispa», «Fiera». Y otras con fórmulas solemnes: «Excelentísima Señora». Algunos exégetas han creído ver en esta curiosa manera de nombrarla un intento de desexualización de ambos. Lo cierto es que durante su relación amorosa Fernando Pessoa compuso, bajo el pellejo metafórico de Álvaro de Campos, un poema en el que realiza un ajuste de cuentas maravilloso con el romántico enamorado que llegó a ser: «Todas las cartas de amor/ son ridículas./ No serían cartas de amor si no fueran/ridículas./ En mis primeros tiempos escribí cartas de amor/ como las demás./ ridículas./ Y es que, en fin,/ sólo las criaturas que no han escrito jamás/ cartas de amor/ son las que son/ ridículas./ Quien volviera a aquel tiempo en que escribí/ sin darme cuenta,/ cartas de amor/ ridículas./ La verdad es que hoy/ mis recuerdos de aquellas cartas de amor/ son los que son/ ridículos./ (Todas las palabras esdrújulas,/ como los sentimientos esdrújulos,/ son naturalmente,/ ridículas».

Tuesday, December 20, 2011

Parra y Tranströmer: dos utopías disímiles

Nicanor Parra y Tomas Trnastromer. Dos poetas distintos, dos modos de ver la realidad, dos maneras de estar unidos solo por la edad, la fuerza vital y la persistencia creativa.
Tengo en mi mesa de noche una pila de libros que esperan turno para ser leídos y, en algunos casos, releídos. Dos de ellos son de reciente adquisición: Poemas y antipoemas de Nicanor Parra y dos antologías  de poemas de Tomas Tranströmer:  Deshielo al mediodía y El cielo a medio hacer.
En realidad, a Nicanor Parra ya lo había leído en mi época de estudiante universitario. Entonces el espíritu “anti” estaba tan arraigado en mí que los textos del chileno me cayeron como pedrada en ojo de tuerto. Con Tranströmer, en cambio, debo reconocer que partía de una ignorancia absoluta. ¿Cómo se me pudo podido escabullir un poeta tan importante para la literatura mundial?, me pregunto.
Cuando el sueco fue anunciado como el nuevo Premio Nobel de Literatura busqué infructuosamente en bibliotecas públicas y privadas algún libro de su autoría. Con suerte, pude leer algunos textos suyos en blogs y suplementos culturales de algunos diarios electrónicos. Lo poco a lo que tuve acceso me prefiguró el inmenso talento de este poeta. No había leído ni una sola línea de él y sentía remordimientos, por esta razón apenas pude adquirí las antologías mencionadas.
Algo parecido me sucedió hace poco con Parra. Enterado de que se había ganado el Premio Cervantes corrí a mi biblioteca en busca del librito editado por Cátedra para meterle el diente por segunda vez. Pero desistí y me entretuve navegando en las páginas oficiales y extraoficiales que abundan en la Internet. Mi objetivo era leerlo el fin de semana siguiente y preparar un artículo para el diario, pero el tiempo y las lecturas pendientes fueron postergando su lectura, igual que la de Tranströmer.
Como soy un lector lleno de manías y obligaciones autoimpuestas, cada vez que tomaba uno de los libros pendientes de mi mesa de noche me acordaba la deuda que tenía con el Nobel y el Cervantes. Hasta que anoche no pude más e intenté saldar mi deuda. Lo primero que hice fue hojear los libros para obtener una visión general de la aventura que iba a acometer, luego me sumergí de golpe y a ciegas. Y aquí estoy todavía, envuelto en una piel transparente como neurona en mielina, atontado, fuera de órbita, colgado de las imágenes insólitas producidas por ambos poetas.
No hay poetas más disímiles que Parra y Tranströmer. Mientras que el primero afirma su presencia en cada uno de sus famosos antipoemas, el segundo quiere más bien desaparecer elegantemente, borrarse de la realidad poética para que sea ella misma la que organice su existencia. Parra poetiza desde la trasgresión; Tranströmer desde la seducción plástica. Parra busca el humor y la corrosión; Tranströmer la asociación de imágenes extrañas y provistas de contemplación.
Uno y otro, sin embargo, estás unido por una postura irreductible frente a la realidad. El chileno no ha dejado de ser nunca el aguafiestas ideológico, el contestatario que “colgó” de un puente la silueta de los mandatarios chilenos desde de O' Higgins a Lagos, pasando por Pinochet. Su carácter fue siempre el de un alborotador.  Mientras que el sueco lucha para que su voz y su talento musical no se apaguen en la caja negra de la hemiplejía y el silencio. No lo hizo antes cuando fue acusado de escribir en contra del compromiso político, ni creo que lo hará ahora que acaba de cumplir 80 años.
Leamos estas lecciones de poesía. Uno es irónico,  contestatario, irreverente: «El autor no responde de las molestias que puedan ocasionar sus escritos: / Aunque le pese/ El lector tendrá que darse siempre por satisfecho (…) Según los doctores de la ley este libro no debiera publicarse: / La palabra arcoíris no aparece en él en ninguna parte, / Menos aún la palabra dolor, / La palabra Torcuato. ¡Sillas y mesas sí que figuran a granel!, / ¡Ataúdes, útiles de escritorio!/ Lo que me llena de orgullo/ Porque, a mi modo de ver, este cielo se está cayendo a pedazos». El otro es plástico, casi imperceptible: «Uno ha visto tanto. / A uno la realidad lo ha consumido tanto: / pero al fin, ha llegado el verano: // un gran aeropuerto— el controlador baja/ carga tras carga de gente/ congelada en el espacio.// La hierba y las flores: aquí aterrizamos. / La hierba tiene un jefe verde. / Yo me pongo a sus órdenes».
La lectura no ha concluido todavía. Me aguardan el segundo tomo de Tranströmer y una relectura del breve libro de Parra. Por ahora, sin embargo, creo que tengo suficiente. La poesía, además de ser un profundo misterio, es siempre una experiencia reconfortante, sea que se viva desde la ironía o desde la seducción estética. 

Thursday, December 15, 2011

Este oficio sí me gusta

¿Pueden tres oficios en apariencia irreconciliables practicarse sin generar conflictos? Sí. «Tridisociación» se llama el fenómeno y tiene como ingrediente principal a la pasión.

Hace muchos años yo enfrenté mi primera crisis vocacional: no sabía si estudiar Literatura, Periodismo o Derecho. En esto, creo me parecía a la mayoría de chicos que egresan de los colegios y no saben a ciencia cierta qué profesión elegir para ganarse la vida.
Años más tarde, volvía sufrir otra crisis: quería abandonar mis estudios de Derecho por la Literatura, pero mi intención no prosperó por cobardía, malos consejos y desidia generalizada. Terminé con el título de abogado y con un profundo rencor conmigo mismo debido a mi falta de firmeza.
Pero mientras yo era incapaz de decidir qué era lo más conveniente para mi futuro, empecé a escribir una columna semanal en el diario La Industria con otro amigo. La columna se llamaba Consejero del lobo y era un cajón de sastre en el que publicábamos reseñas de libros, comentarios de películas y chismes literarios.
Éramos muy jóvenes, quizás por esta razón algunos periodistas viejos de este medio nos odiaban. No podían permitir, entre otras cosas, que dos mocosos fueran tan pretenciosos con un oficio que ellos consideraban exclusivamente suyo. Para aburrirnos, publicaban nuestra página plagada de errores o extraviaban a propósito nuestros manuscritos.
Así pasaron los años y yo escribía todas las semanas como un poseído. Un día tomé conciencia de lo que hacía y supe que el bicho del periodismo me había ganado; mejor dicho, este se había somatizado en mí de tal modo que era algo más que un oficio alimentista. En realidad, yo no sabía todavía que había resuelto mi crisis vocacional.
Apenas obtuve mi título de abogado, cogí todos mis libros de Derecho, los metí en una caja y se los regalé a mis mejores amigos de entonces. Con esto, lo que hacía era declarar la muerte simbólica de esta profesión en mi vida. Solo restaba resolver el conflicto Literatura-Periodismo. Pero esto me resultó relativamente fácil con los años y con la práctica. Comprendí que el segundo no es sino un género de la primera, solo que sus materiales de trabajo guardan una relación muy estrecha con la realidad.
Como quien no quiere la cosa, como jugando, yo había llegado al Periodismo y ya no quería marcharme. Mientras tanto, empecé a escribir la página del suplemento dominical solo, leí mucho sobre el oficio, aprendí de los maestros, sobre todo de los gurúes del periodismo narrativo y el periodismo de opinión. Cuento esto, no porque me considere un periodista destacado ni mucho menos, sino porque creo que mi experiencia se debe parecer a muchas de las experiencias de los jóvenes y alguna lección se puede sacar de la misma.
Tuve también un paso fugaz por la televisión (como reportero), la radio (como conductor de un programa cultural), El Peruano (como asistente de edición) y La República (como coordinador), además de una pasantía por cuarenta días en el diario El País de Madrid. Pero ha sido en mi relación La Industria donde he descubierto mi auténtica pasión por el periodismo. Desde entonces, he escrito cientos de textos, varios de los cuales forman parte de algunos de mis libros.
Es verdad que no hay manual o decálogo para ser buen periodista, sin embargo, según M.A. Bastenier, se necesitan cuando menos algunas condiciones para que el oficio llegue a ser una profesión (reverenciar el lenguaje, automatizar el rigor informativo, servir a la verdad, por ejemplo). Aunque es casi un consenso que el periodismo no se estudia sino se aprende y que se trata de un oficio más que una profesión, siempre es fundamental aprender de las lecciones de los maestros
Con el paso de los años, un nuevo quehacer comenzó a interferir en mi vida: la docencia. En cierta forma necesitaba extender mi labor como lector y escritor. Sentía que algo me faltaba, que mi vida estaba incompleta y que no bastaba con escribir y publicar en un diario. Alguien debía ser el receptor de lo que estaba aprendiendo. Por esta razón, decidí enseñar y trasmitir a los jóvenes lo mucho o poco que había aprendido. Mi vida se debate ahora en una especie de “tridisociación”: la literatura, el periodismo y la docencia universitaria, actividades más bien complementarias en lugar de excluyentes como piensan algunos.
Los años que practico y enseño periodismo me han enseñado varia cosas. Las más importantes: que el periodismo es un oficio maravilloso (muchas veces ingrato) y que se puede vivir de este aunque la sociedad lo vea como una actividad devaluada (pero necesaria). Al comienzo, hacerte un lugar es muy difícil y uno lucha para sobrevivir. Pero estoy seguro que si un periodista es bueno, talentoso, se mantiene dentro de los cauces de lo ético y lucha por lo que ama, las recompensas materiales llegan, no importa si a veces con alguna tardanza.

Monday, December 05, 2011

Leer para entender el mundo

Un estupendo libro de Miguel Ángel Huamán destaca la utilidad de la literatura para alfabetizar y, sobre todo, para desarrollar sociedades más tolerantes y   democráticas.  La virtud de un texto de divulgación es que coloca al alcance de las mayorías teorías y conceptos producidos por especialistas gracias a su lenguaje claro y didáctico. Así tenemos libros de divulgación en materia de ciencias experimentales y humanistas.
Si no existieran este tipo de obras, llevaría años lograr una actualización efectiva de los conocimientos. De acuerdo a esto, podría suponerse que sus autores no pasarían de ser meros gestores de información, pero en realidad se trata de productores de conocimiento en vista de que, además de organizarlo, lo vinculan con la práctica cotidiana.
Miguel Ángel Huamán es un docente de la Universidad Mayor de San Marcos especialista en teoría literaria y análisis de textos a quien le preocupa desde hace tiempo la deshumanización de la formación educativa y la galopante desvalorización de la alfabetización lectora en colegios y universidades del Perú. Justamente uno de sus aportes es aproximar lo más moderno del pensamiento en lengua y literatura a la práctica docente.
Su libro Palabras no cautivas. Ensayos sobre educación y literatura resulta un manual sobre los rumbos que ha tomado la enseñanza en este terreno, así como un compendio sobre lo que se debe hacer con la finalidad de acabar con prejuicios, mitos, pesimismos y falsas profecías en pedagogía literaria. El eje de su trabajo es que la competencia comunicativa no solo sirve para adquirir destrezas como leer, escribir y hablar, sino fundamentalmente para poner en práctica la capacidad creativa del lenguaje. Huamán se apoya en un comentario clave del novelista Juan José Millás: «…no se escribe para ser escritor, ni se lee para ser lector. Se escribe y se lee para comprender el mundo. Nadie, pues, debería salir a la vida sin haber adquirido esta habilidad básica».
A propósito de lectura, el autor cita a Simone, para quien no hay por qué alarmarse demasiado con el hipertexto, ya que las nuevas tecnologías no van a remplazar al libro. Se trata de un cambio de proceso: de la lectura lineal a la lectura simultánea (dos formas de inteligencia y de adquisición de conocimiento). Y nada más. El problema sería vivir en analfabetismo.
¿Cómo lograr que un alumno lea si el propio docente es absolutamente ajeno al hábito de la lectura? Su propuesta es la lectura como formación y la formación como lectura; propuesta en la que lo más importante no es el texto sino la relación con el texto, si afectiva mejor. Hasta ahora, la distancia entre la lectura y el texto tradicional (libro u objetos semejantes) ha generado lo que se denomina analfabetismo funcional. Los especialistas hablan también de un analfabetismo audiovisual, que a diferencia del primero es invisible, y consiste en la simple recepción de estímulos (auditivos e icónicos) que el usuario (¿homo videns?) nunca llega a entender del todo.
Pero el autor no se queda en el plano de la simple declaración y repetición de conocimientos, sino que propone lineamientos generales para realizar una propuesta transformadora. No obstante, es en el plano del debate de ideas donde su contribución es evidente. En realidad, su libro descubre que por cerca de dos siglos el sistema educativo peruano ha estado regido por una serie de metodologías y estrategias erradas cuya denominador común ha sido carecer del más mínimo sustento científico y real.
Lo primero que cuestiona Miguel Ángel Huamán es la falta de claridad por parte de los docentes acerca del concepto literatura. El que estos manejan es a todas luces obsoleto y reiterativo. Aclara que la concepción comunicacional (la que define lo literario como un uso del lenguaje) es lo más reciente y adecuado para la realidad educativa de nuestro país. Advierte que los modelos tradicional e instrumental lejos de haber desaparecido más bien gobiernan los procesos de enseñanza-aprendizaje.
Luego distingue dos modos de acercamiento al fenómeno literario: el saber técnico (sentir) y el saber científico (entender). De paso, critica duramente a quienes ocultan su pobreza intelectual con el argumento de que vivimos un cambio de paradigma educacional con la incorporación de nuevos métodos y actividades de aprendizaje. A estos falsos profetas los manda a aprender de la teoría deconstructiva, uno de cuyos indudables aportes es considerar a la educación como un terreno propicio para la indagación crítica, la concepción no lineal de la enseñanza y la humildad fundamental para que ocurra un diálogo fructífero entre profesor y alumno.
¿Por qué y para qué enseñar literatura? se pregunta Huamán. La respuesta a esta pregunta es sin duda el mejor argumento para rebatir la idea de los tecnócratas que viven convencidos de que la cultura no es tangible y, por lo mismo, no es factor de desarrollo: Se estudia literatura, entre otras cosas, porque lo estético-literario es un espacio democrático en el que nadie puede obligar a un lector a que le agrade un poema, un cuento o una novela en particular. El resultado del gusto — dice el autor de Palabras no cautivas. Ensayos sobre educación y literatura — no es determinista sino probabilístico. Si se aplicara esta perspectiva en el campo socio-cultural sin duda tendríamos un mundo menos individualista, sin autoritarismo ni dueños de la verdad; un mundo, en fin, donde se respetarían las diferencias.



Thursday, November 24, 2011

Ciencia y literatura: tan cerca, tan lejos

La ciencia y la literatura guardan relaciones de consanguinidad más próximas de lo que parece. Se puede incluso decir que ambas llevan la marca indeleble de la imaginación en su ADN.
 Uno de los misterios más grandes de la humanidad es averiguar cuándo y cómo se originó el universo. Por miles de años, las inteligencias más poderosas se han dedicado a esta tarea con resultados sorprendentes, muchos de los cuales parecen obra de la imaginación. Parecen, digo, porque en realidad son producto de técnicas y procedimientos científicos realizados con estricto rigor. En el caso de la literatura, se atribuye a la fantasía ser la única autoría de escenarios utópicos y distópicos; sin embargo, el tiempo se ha encargado de demostrar que muchas de las fantasías salidas de la mente de poetas, cuentistas y narradores tienen asidero en el conocimiento científico; es decir que no son obras puramente mentales.
Es tal vez el sistema educativo el causante desde hace muchos años de un profundo malentendido: que ciencia y literatura son irreconciliables, o que la única forma de conocimiento es la razón y, por tanto, la intuición, las “corazonadas”, los “presentimientos” y las visiones literarias (también lamados comunicacion emocional, inteligencia afectiva o intución trascendente) no tienen cabida en un universo dominado por la precisión científica y la experimentación . En realidad, no es que sean iguales. Es indudable que la ciencia tiene mejores y más completas armas para llegar a la verdad, pero no se puede negar que para lograrlo muchas veces tiene que echar mano de un recurso casi exclusivo de la literatura: la imaginación.
Hace unos meses leí un libro fascinante (El desafío del universo de Telmo Fernández y Benjamín Montesinos) que cuenta cómo desde la época de las civilizaciones más antiguas se planteó este desafío y cómo es que las respuestas fueron variando de acuerdo a las creencias religiosas y los avatares de la Ciencia. Muchas de estas revelaciones se dieron en condiciones muy precarias y cuando no se contaba con la tecnología adecuada para escudriñar lo que ocurría a distancias muy lejanas de la Tierra. Por ejemplo, Aristarco de Samos había propuesto algo parecido al sistema heliocéntrico 2 mil años antes de que lo hiciera Copérnico.
Es paradódico que el tiempo que han permanecido vigentes las «verdades» científicas y los cambios que han experimentado los conocimientos acumulados a lo largo de la historia. Desde la etapa de los observatorios y calendarios primitivos hasta la era de los telescopios infrarrojos, el saber se ha ido comprimiendo de tal modo que en los últimos tres decenios se habla de una aceleración del desarrollo humano. Si antes la información se duplicaba cada 20 años, ahora lo hace cada 4 o 5. Algunos científicos creen que, debido al ritmo en que corren la ciencia y la tecnología, pronto el ritmo de producción del saber será mucho menor.
La información sobre origen del universo empieza con los mitos relacionados con la procedencia divina de los astros y llega hasta explicaciones complejas sobre la constante de radiación, los agujeros negros, la materia y la energía oscura, el Big Bang, el Big Crunch y otras explicaciones realmente sorprendentes. Según mi modo de ver, en todos estos casos y en todos los momentos de la historia, los científicos han seguido un camino parecido al de los poetas y narradores: de la imaginación a la realidad.
Aristarco sostuvo que la tierra giraba alrededor del sol cuando Galileo no había inventado el telescopio. Eratóstenes calculó la distancia a la luna con pasmosa precisión cuando la geometría y la física eran incipientes. Copérnico propuso su teoría heliocéntrica cuando Newton aún no había descubierto la Ley de la Gravedad Universal. Albert Einstein afirmó que el tiempo y el espacio no son absolutos antes de que se comprobara mediante los telescopios infrarrojos que la luz de las supernovas llegan a la tierra cuando estas ya han muerto hace varios millones de años.
En el caso de los poetas y narradores el camino es más o menos parecido: Dante Alighieri propuso una hipótesis cristiana sobre los castigos a los que practican el mal antes de que las ciencias naturales nos advirtieran sobre la destrucción del medio ambiente; Julio Verne imaginó una nave con que se podía llegar a la Luna (De la tierra a la luna) mucho antes de que se tuviera la certeza de que un cohete podía atravesar con la fuerza y el combustible suficientes el límite de la gravedad terrestre; George Orwell escribió una novela (1984) sobre el control de las sociedades antes de que Internet se convirtiera en una forma eficaz de mantener la atención de los seres humanos.
En el caso del llamado género de ciencia ficción, la intersección entre ciencia y literatura ocurre de modo armónico. Hay casos incluso en que esta armonía es el objeto mismo de la historia y ambas comparten procedimientos para llegar a la verdad o evitar catástrofes humanas. Además de los libros de los autores ya citados, pienso en La máquina del tiempo de H. Wells, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde de R. L. Stevenson, Un mundo feliz de Aldous Huxley y los libros de divulgación científica escritos por Isacc Asimov. Hay autores como Alberto G. Rojo que han documentado las visiones de Edgard Allan Poe respecto a la luz del universo que todavía no llega a la tierra (Eureka: un Poema en Prosa, 1848) la bifurcación del tiempo y la hipótesis de los mundos cuánticos en un cuento de Jorge Luis Borges (El jardín de los senderos que se bifurcan) y el viaje a través del tiempo en la novela de Contact de Carl Sagan (1986). Existen, por supuesto más casos en los que es posible rastrear muchos hechos que luego han sido consagrados por la ciencia como verdades. En todo caso, ¿llegaría el día en qué se pueda imaginar el conocimiento científico o experimentar en un laboratorio las realidades literarias?
Se presume que para la invención de sus realidades, poetas y escritores deben tener la cabeza muy lejos de sus pies, y que para crear sus sofisticados principios y leyes universales los científicos deben afirmar muy bien sus pies sobre la tierra. En realidad no es tan cierto. Para llegar a imaginar el mundo de 1984, George Orwell tuvo que conocer muy bien la realidad científica y social de su tiempo; mientras que para admitir la posibilidad de viajar al futuro los científicos de hoy han tenido que apelar a la fuerza extraordinaria de su creatividad para proponer la tesis de los «gusanos del tiempo». La ciencia y la literatura se parecen más de lo que presumimos. Es increíble que ciencia y literatura estén tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos por los caprichos de los dogmáticos.

Wednesday, November 23, 2011

El lugar de la literatura en el mundo

En un mundo que ha perdido sentido, los libros más vendidos compiten con los libros más influyentes: esos que los lectores miran a veces con desdén.

¿Cuál es el lugar del escritor en el mundo?, se pregunta Abelardo Castillo en su magnífico libro Ser escritor. Y luego responde: «Un hombre que establece su lugar en la utopía». La respuesta no es, desde luego, alentadora, aunque sí realista.
Cuando dice que el escritor busca su lugar en la utopía, lo que está diciendo es que este se ha quedado prácticamente sin piso en un mundo pragmático y estimulado por el consumo. Por esta razón, su labor se ha convertido en una aspiración, en un ideal, en una búsqueda del absoluto: que la literatura es fundamental para enriquecer el espíritu humano.
En términos prácticos, efectivamente la literatura no sirve para cambiar o mejorar el mundo. José Saramago lo dijo de manera más directa: «Si bien es cierto que la literatura no ha servido para cambiar el curso de nuestra historia, y en ese sentido no abrigo ninguna esperanza con respecto a ella, a mí sí me ha servido para querer más a mis perros, para ser mejor vecino, para cuidar las matas, para no arrojar basura a la calle, para querer más a mi mujer y a mis amigos, para ser menos cruel y envidioso, para comprender mejor esa cosa tan rara que somos los humanos».
La causa por la que la literatura ha perdido importancia social es la misma que explica por qué se ha entronizado la banalidad en el quehacer humano: la falta de sentido. Falta de sentido quiere decir que las ideologías, las religiones, las ciencias y las artes en general son incapaces de dar respuestas convincentes a las mayorías, las cuales buscan a qué asirse cada vez que el mundo parece ir a la deriva.
El resultado de esta pérdida de sentido ha traído consigo la ausencia de ideales por los cuales dar la vida, el fracaso de las ideologías que buscan un mundo más justo y la desvalorización de las utopías como impulsoras del cambio. En este mismo torrente se ha visto arrastrada la literatura, que ha trocado su antigua ambición de enriquecer a los lectores por una más simple y rentable: entretenerlos, nada más que entretenerlos.
La desubicación de la literatura en la sociedad actual ha propiciado la intromisión del mercado en el gusto de los lectores con consecuencias catastróficas: encumbramiento de un tipo de libro cuyo mayor virtud es ser superficial; elaboración de listas periódicas con los libros más vendidos de la semana, el mes o el año; pauperización creciente de un lector desconcertado que cede rápidamente a la persuasión de la publicidad.
Aldous Huxley escribió que hay libros que venden millones de copias y son incapaces de llegar al corazón de los lectores; y otros que siendo impopulares (desconocidos) tiene la virtud de influir sobre la mente y los sentimientos de ellos, al extremo de modificar el rumbo de su existencia.
Un ejemplo de lo primero sería El alquimista de Paulo Coelho. «¿Y por qué, siendo un escritor tan rudimentario en el uso del lenguaje, tan pobre en el pensamiento y tan elemental en sus recursos estilísticos, consigue tocar la sensibilidad de tanta gente?», se pregunta Héctor Abad Faciolince en su ensayo Por qué es tan malo Paulo Coelho. Según este escritor, él éxito del ‘místico’ brasileño se debe a varios factores: la incultura y mal gusto de las masas, la utilización del disfraz del misterio y asombro por puras tonterías, la hábil explotación de la debilidad del hombre por los conocimientos sobrenaturales, el desarrollo elemental de la trama como si se tratase de un cuento infantil y el uso de la cursilería.
Un ejemplo del segundo grupo sería El libro del desasosiego de Fernando Pessoa, a todas luces impopular y que requiere de un lector más preparado y dispuesto a sumergirse en las aguas tenebrosas del pensamiento y las emociones. Este libro no aparece ni aparecerá jamás en el ranking de los más vendidos. Y, no obstante, ha sido capaz de influir positivamente en los pocos miles de lectores que acceden a la lectura de sus páginas. No es lo mismo entonces leer un libro de Pessoa que uno de Paulo Coelho, como se los repito incesantemente a mis alumnos.
Pero, cuidado. Las ventas exitosas no quieren decir necesariamente que un libro sea malo, puesto que algunos lo son y no venden nada. Por otro lado, hay unos pocos que son extraordinarios y venden como pan caliente: Cien años de soledad de Gabriel García o los tres tomos de la saga Millenium de Stieg Larsson. Pero aquí ya estamos hablando de la excepción que confirma a la regla, y, por lo tanto, de aquello que se llama con propiedad literatura.