Tuesday, May 21, 2013

La épica cruda de Mo Yan



El último premio nobel, el chino Mo Yan, nos devuelve a la épica de antiguo  cuño con una novela brutal e inolvidable: Las baladas del ajo, de reciente aparición en español.
 La novela contemporánea ha marcado un rumbo en el que las historias que tienen como protagonistas a las revueltas sociales, las gestas colectivas y las revoluciones campesinas y obreras son proscritas del canon o tipificadas como anacrónicas.
Los autores y lectores de estos tiempos prefieren las narraciones cortas, localizadas en ambientes urbanos  y con protagonistas que padecen conflictos individuales salpicados con grandes dosis de sexo y violencia. Son los tiempos de las novelas breves, los libros de autoayuda y las sagas góticas en los que el entretenimiento, en algunos casos, vale más que la trascendencia.
La épica sigue existiendo, pero ha perdido fuerza y sobrevive a duras penas. Son raros los novelistas de hoy que desarrollan historias donde lo colectivo ocupa el rol central. Después de novelas como Redoble por Rancas de Manuel Scorza y La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, la literatura mundial, con escasas excepciones, ha transitado preferentemente por el camino inverso: el descubrimiento del individuo y su existencia agónica como centros de gravedad de las historias.
Uno de los escritores que continúa el camino de la épica a la antigua usanza es  el chino Mo Yan, último Premio Nobel de Literatura. Su novela Las baladas del ajo es en cierta forma un homenaje tardío a la novelística de William Faulkner y los patriarcas del boom latinoamericano. Los ecos de Yoknapatawpha County y el bíblico de Macondo resuenan sutilmente en sus páginas.
Con los pelos de punta y la piel de gallina, los lectores leemos la historia de unos granjeros chinos que deciden cultivar ajo por presión del gobierno comunista. Para venderlo, ellos tienen que caminar grandes distancias y pagar coimas e impuestos que  exasperan sus ánimos  hasta empujarlos a una sublevación que es aplastada a sangre y fuego. Como en las grandes historias épicas, la violencia social y estructural está amalgamada con microhistorias  de amor, lealtad y ternura, como la que protagonizan Gao Ma y Jinju. Él es un joven licenciado del ejército desencantado de los dicterios de las autoridades y ella una víctima de la mentalidad feudal china que consideran a la mujer poco menos que  una cosa.
La sublevación en condado Paraíso es contada desde dos puntos de vista. La de un narrador omnisciente que cede su lugar cada cierto tiempo a diversos narradores protagonistas y testigos; y la de un rapsoda ciego, Zhang Kou, quien a través de unas baladas cargadas de ironía y reclamo se erige como la voz de una conciencia colectiva que preserva los acontecimientos para las generaciones futuras. La narración de Zhang Kou está estructurada a manera de viñetas antes de cada capítulo.
Es admirable la forma en que Mo Yan ha asimilado las técnicas del autor de Las palmeras salvajes. Su narración se arma como un rompecabezas, pero sin llegar al extremismo de su maestro. Esa ruptura espacio-temporal desconcierta por momentos al lector, pues gracias a esta destreza narrativa los personajes muertos reaparecen o los vivos se proyectan en el tiempo en que ya no estarán. En realidad, lo que consigue Mo Yan con esa habilidad  técnica es intensificar las expectativas del lector y, con esto, capturarlo hasta el final.
Del realismo mágico, Mo Yan probablemente ha tomado esa vocación por contar las cosas extrañas con naturalidad y las normales con lirismo y brutalidad: Gao Ma, tras descubrir el cadáver de su amada, decapita a decenas de periquitos multicolores; el olor podrido del ajo invade todos los recintos y en todo momento la vida de los habitantes del condado Paraíso; los personajes beben su orina o comen sus vómitos si es necesario salvar sus vidas; los hombres y mujeres sufren, pero soportan el dolor ―elevado a la mil potencia― gracias a su fe en los sueños, la libertad y el amor.
«Cruda, brillante, inolvidable…», ha dicho un diario norteamericano sobre esta novela. Y no deja de tener razón. 

Tuesday, April 23, 2013

Un homenaje a los solitarios


Mi umbral del dolor


¿Hasta dónde es posible resistir el dolor? Padecerlo es, sin duda, una de las formas más patéticas de conocer los límites de nuestra propia humanidad.
 No me había dado cuenta de lo que significa el umbral del dolor hasta hace quince días, cuando un súbita punzada que empezó en la parte izquierda de mi cintura fue extendiéndose por toda mi pierna hasta acabar con mi humanidad completa.
Hay dolores que suponen una gran pena y congoja, así como dolores que causan una terrible sensación de molestia y aflicción en el cuerpo. A los primeros los conozco muy bien, pero a los segundos casi nada. Y supongo que nunca terminaré de conocerlos. Al margen de esto, ambos dolores son terriblemente irresistibles.
La medicina define el umbral del dolor como la intensidad mínima de un estímulo que causa molestia o aflicción en alguna zona del cuerpo. No todos los seres humanos, sin embargo, reaccionamos de la misma manera frente a un estímulo que causa dolor. Para algunos, este puede resultar intolerable e incluso provocarle angustia, depresión, náuseas o lágrimas. Para otros, en cambio, se trata de una simple molestia o cosquilleo incómodo.La ciencia llama analgesia congénita a un trastorno genético que no permite sentir dolor como debiera a la persona que lo padece. 
Un personaje de la novela La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina de Stieg Larsson, el gigante rubio Ronald Niedermann, es incapaz de sentir la efectividad de un puñetazo. Solo una patada en la entrepierna lo puede afectar, y esto es. He leído también sobre el caso de una niña británica, Grace, quien nació con el síndrome de Smith-Magenis, un trastorno cromosómico  debido a lo cual es incapaz de sentir dolor frente a una quemadura, por ejemplo.
La mayoría de personas estamos librados de estos trastornos congénitos, aunque no exentos de ver literalmente al “diablo calato”, expresión popular con que se describe la intensidad de nuestros dolores. No sé si la expresión metafórica “diablo calato”  pueda expresar cabalmente lo que resulta inaguantable para nuestro cuerpo, pero lo cierto es que el dolor, cuando lo padecemos, remite nuestra humanidad a un estadio de tormento en el que deseamos con todas las fuerzas de nuestra alma que el mundo se acabe o que alguien nos borre literalmente de un plumazo de la faz de la tierra. Chancarse un dedo en la puerta es, sin duda, el “diablo calato” cotidiano.
La ciática o inflamación de las raíces del nervio ciático no nace en el infierno, sino en lo más hondo de nuestro cuerpo. El dolor que causa es, como todos los dolores, indescriptible e insoportable, y se siente desde la zona lumbar hasta los glúteos, los muslos, la rodilla,  la pantorilla y hasta en el pie. No se lo deseo ni a mi peor enemigo.
Hace más o menos quince días que convivo con este nuevo dolor metido en mi cuerpo. Los tres o cuatro primeros días fue capaz de humillar mi salud y acabar con mi rutina diaria. Empezó como una punzadita de alfiler que fue creciendo y creciendo y que solo cedió ―en parte― a seis pinchazos de cargados de Diclofenaco y Metamizol Sódico, complementado con dosis posteriores de Dolo Trineural.
Los médicos que me han examinado han añadido nuevos dolores a mi dolor original: me han enviado a sacarme placas de Rayos X y a un plan de rehabilitación que consiste en diez sesiones ―que pueden extenderse a más― de ultrasonido, masajes y ejercicios sumamente dolorosos.  Sé que es por mi bien, pero si por mí fuera hace rato que tendría que haber abandonado esos estiramientos que me conducen a una visión bastante familiar: el horripilante striptease del diablo.
Yo sé que la muerte es un poder contra el que nada se puede, pero si me fuera dado elegirla, me gustaría que fuera súbita y sin ese dolor que el Diclofenacoe, Metamizol Sódico, el Dolo Trineural y los diligentes masajes que la señorita de rehabilitación me aplica con su mejor buena voluntad no le impiden sobrepasar mis propios límites de resistencia. 

Wednesday, January 30, 2013

El extraño oficio de escribir ficciones


¿Por qué y para qué se escribe? ¿Para ganar dinero o para satisfacer un conjunto de necesidades íntimas que tienen que ver más con el ser que con el parecer?
Se escribe no ficción para satisfacer la necesidad informativa de los individuos. Y ficción, según la novelista Eugenio Rico, para colmar los sueños de las sociedades. Al parecer, la mente humana no puede soportar la realidad sin los sueños, y los encargados de que esto no ocurra son precisamente los escritores.
¿Pero qué hay de los escritores? Está claro que la forma más terrible de matar a un hombre es no dejarlo soñar, ¿pero qué ganan quienes escriben fábulas, cuentos, novelas, obras de teatro y poesías? ¿Cuál es el milagro, recompensa, justificación o ideal por el que vale la pena hacer de las noches días o apartarse hasta cierto punto de la rutina del mundo?
Hay que recordar a los aspirantes a escritores que este oficio es penoso y mal pagado, salvo cuando llegan los famosos
quince minutos de gloria a los que se refería Andy Warhol. En el mundo hay miles de escritores profesionales y otros miles más aguardando convertirse en uno de estos, sin embargo muy pocos entran por la puerta grande la historia. A otros el éxito les llegará post mortem. A la gran mayoría, en cambio, le está reservada la realidad descrita por Jean Rhys: «Too Little too late» (en español peruano: muy poquito y muy tarde).
Es verdad que existen quienes conocen la gloria estando vivos, pero esta es una situación de privilegio en la que intervienen una serie de factores, entre otras cosas estar en el tiempo y lugar correctos cuando el inconsciente colectivo se conecta con tu obra. Pero de ahí a pensar que se puede obtener dinero fácil escribiendo, hay una gran distancia. Si alguien pretende hacer fortuna con la literatura, dice la Rico, «sería más recomendable escribir libros de cocina, manuales de autoayuda o simplemente no escribir». Rainer Maria Rilke ha sido más enfático: «Las obras de arte nacen siempre de quien ha afrontado el peligro, de quien ha ido hasta el extremo de la experiencia, hasta el punto que ningún humano puede rebasar. Cuanto más se ve, más propia, más personal, más única se hace una vida». Franz Kafka, Edgar Allan Poe, Herman Melville, Fernando Pessoa, César Vallejo, Miguel de Cervantes Saavedra, Robert Walser o Martín Adán no tuvieron nunca un cuarto de hora de celebridad; es más, algunos de ellos fueron antisociales y vivieron un proceso de autodestrucción que los volvió invisibles para la gran mayoría de lectores. Charles Dickens, Leon Tolstoi, Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa son la cara opuesta. A ellos, la fama, como quería Pasteur, los sorprendió o ha sorprendido mientras trabajaban. Su recompensa, en algunos casos, ha sido alcanzar el máximo galardón impuesto por el canon literario: el Nobel.
¿Entonces qué clase de satisfacción brinda la literatura? Según mi punto de vista, hay una condición natural: suministrar mundos imaginarios a los lectores. Y varios placeres. El más importante de todos quizás sea leer; o mejor, releer. Un escritor escribe porque en esencia es un lector; es decir, alguien que vive dos veces, puesto que aprende de los que otros experimentan y aspiran. Leer es el acto de seducción por antonomasia y el escritor que no sucumbe a su hechizo está renunciando a su propia condición de creador de ficciones.
Otro placer reside en el hecho de que una ficción (o un texto de ficción) es el punto de encuentro entre dos cómplices: el lector y el hacedor de historias. Ambos celebran un contrato tácito, una ceremonia íntima en la que, por un lado, el lector se compromete a vivir lo imaginado como si fuera real y, por otro, el lector garantiza que su historia, aunque no sea perfecta, tiene como objetivo encantar con recurso verosímiles a quien busca escapar de la monotonía de la realidad.
Satisfacer la necesidad de soñar, leer y estimular la complicidad del lector son razones muy importantes, pero carecen de sentido si falta un acto voluntario y gratuito: escribir por convicción, por necesidad, por fe. Rainer Maria Rilke aconseja escribir únicamente si esta es la única forma posible de que estemos en el mundo. En esta elección no cuentan ambiciones, cálculos, objetivos materiales, deseos de fama y reconocimiento, sino unas ganas profundas de ser uno mismo.
El oficio de escribir ficciones es, en principio, un acto de arrojo que con el tiempo se pule, se organiza y se estudia. Está motivado por la necesidad de llenar el imaginario de las sociedades y por un estado existencial interior: expresar los sentimientos. Hacerlo mal o bien depende de cuánto sacrificio esté uno dispuesto a asumir. Esto, desde luego, no se contradice con el éxito, un factor externo producto muchas veces del azar y de la manera con que un escritor mueve las fichas de en el gran tablero del mundo mediático.
-----------
Ilustración: Rainer María Rilke, el autor de Cartas a un joven poeta.