Wednesday, February 26, 2014

CONTARLO TODO: ¿A favor o en contra?


Una novela de iniciación de Jeremías Gamboa ha dividido a críticos y escritores en el Perú. Lo cierto es que al margen de sus tropiezos en buena cuenta secundarios se trata de un libro cuya historia nos resulta conmovedora.
Pasado el tiempo del fuego cruzado alrededor de la novela Contarlo todo de Jeremías Gamboa, es hora de aproximarnos con relativa frialdad y desapasionamiento a un libro que no solo ha dado mucho que hablar cosa rara en un medio donde no existen tantos lectores―, sino que ha puesto en cuestión cuál es el verdadero valor del marketing para la literatura.
Se ha dicho hasta el hartazgo que Contarlo todo es una novela de iniciación o de formación, eso que los alemanes denominan “bildungsroman”, como lo son Un mundo para Julius de Alfredo Bryce y País de Jauja de Edgardo Rivera Martínez; es decir, un producto literario que narra un proceso de ganancias y pérdidas en un largo camino de aprendizaje. Creo que aquí reside uno de los atractivos de la novela: que puede leerse como una maciza reflexión sobre el extenso y tortuoso arte de escribir. En este caso, el héroe se llama Gabriel Lisboa y desea imponer su vocación de escritor. Para lograrlo, primero tiene que vencer sus propios miedos y prejuicios.
En realidad las críticas a favor y en contra del libro empezaron antes de que se publicara o de que alguien, a excepción de quienes estaban directamente involucrados con este, lo hubiera leído siquiera. Una muy bien urdida campaña de promoción colocó a Contarlo todo en boca de críticos, escritores  y reseñadores, incluido Mario Vargas Llosa, quien declaró abiertamente su admiración por un autor a quien consideraba como «dueño de sus medios expresivos, que sabe concentrarse en lo esencial, que es siempre contar una historia bien contada». Tan buena era la novela que Vargas Llosa fue más allá en su generosidad: llevó a su autor hasta la mítica agente literaria Carmen Balcells. ¿Qué vio exactamente el Nobel en el bisoño narrador?
El libro fue lanzado con gran estruendo mediático en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. ¿Estuvo mal que así fuera? Creo que no, es lo usual en el lanzamiento de un producto que pertenece a una gran editorial. Entonces la andanada de elogios y condenas empezó otra vez. Y aún continúa, por lo menos hasta que se diluya el fuego del marketing. De un lado están quienes sostienen que la novela no es buena y que si no fuera por la campaña de lanzamiento que le ha acompañado nadie le daría importancia. Ellos insisten en que se trata de una novela mal escrita en la que abundan los errores: «(…) la enorme cantidad de gazapos y falta de oficio –eso sin contar el abultado y desbordante queísmo, adverbios (con terminación en mente, por ejemplo), una sintaxis escasa, malsonancias, cacofonías o parrafadas– convierten al texto en un culebrón de 500 páginas que se puede leer en unas horas, si pasas por alto todas las tropelías con el lenguaje y el buen decir» (Rodolfo Ybarra). De otro lado, están los que creen que está bien contada y no dudan en reconocerle una prosa bruñida y una gran penetración psicológica (Guillermo Niño de Guzmán). En ambos casos los argumentos son verdaderos, aunque van en un solo sentido. No se trata de considerarla simplemente un “bluf” y de pasar por alto sus errores  o de calificarla como “buena” o “extraordinaria”. Un libro debe ser juzgado en su totalidad.
Tengo la impresión que la irrupción de Jeremías Gamboa en el escenario literario peruano ha suscitado las mismas suspicacias que generó en su momento Vargas Llosa con La ciudad y los perros: miedo, desconcierto y, en algunos casos, parálisis entre sus contemporáneos. Ignoro cuáles sean exactamente las reacciones de cada uno de los narradores de la generación a la que pertenece Jeremías Gamboa, sin embargo estoy convencido que algo muy semejante está ocurriendo. En medio de este contexto, creo, es que arrecian los elogios y las condenas.
La verdad es que a pesar de algunos pasajes morosos y reiterativos, así como de un cierto descuido en la construcción de las oraciones (los cuales finalmente pasan a un segundo plano frente a su fuerza creativa), Contarlo todo desarrolla una historia que se lee con placer y que nos envuelve gracias a la capacidad del narrador para encadenar los hechos y, sobre todo, para conmovernos. La novela ha sido escrita sin complejos y resiste con solvencia un análisis literario en profundidad. Estamos, sin duda, ante un autor que dará mucho que hablar más adelante.


Friday, February 21, 2014

¿Un mundo sin recuerdos?

En una de las novelas más imaginativas de Murakami, la mente manipulada de un individuo es capaz de crear un universo paralelo y mejorado, aunque despojado de los sentimientos y recuerdos elementales.
Iba a escribir sobre Los años de peregrinación del chico sin color, la más reciente novela de Harumi Murakami, que me dejó una gratísima impresión, pero cayó en mis manos El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas (2009) del mismo autor y no pude sustraerme a su fuerza narrativa.
No pude sustraerme porque de todas las novelas escritas por él, esta es, probablemente, la más ambiciosa desde el punto de vista imaginativo y la que mejor explora el nivel fantástico de la realidad. En sus páginas están todos los elementos que distinguen su novelística: relaciones de amor ambivalentes, culto a la música, seducción por la cultura moderna y  personajes que tratan de encontrase a sí mismos en un mundo apurado y fascinante; más una visión que juega con la idea de las utopías y las distopías humanas.
El protagonista de la novela no tiene nombre, en realidad ninguno de los personajes tiene nombre, como en las historias de Kafka, el maestro de Murakami. El narrador los llama según el rol que desempeñan. En el caso del protagonista, es nombrado simplemente como El Calculador, un hombre de 35 años años que trabaja para el Sistema (el gobierno, el Estado omnipresente) y que es poseedor de una gran inteligencia y un cerebro extraordinario.
El Calculador es reclutado por un científico anciano, quien unos años atrás le ha incrustado en el interior del cerebro un sistema de circuitos (una pila y un electrodo) que le permiten tener dos formas de pensamiento: uno que permanece inmutable y otro que cambia continuamente. Por razones del azar, los circuitos se funden y el protagonista  empieza a vivir una restructuración del mundo presente (“El despiadado país de las maravillas”) basada en nuevos recuerdos. Es decir, tiene que mudarse a otro escenario para vivir: “El fin del mundo”, el cual está localizado en el núcleo de su conciencia.
Las investigaciones del anciano han provocado la codicia de los semióticos (piratas de la información) y la ira de los tinieblos (seres de las oscuridad que odian a los humanos). Los semióticos logran destruir el laboratorio del científico y los datos necesarios para devolver al Calculador a su estado mental primigenio, de modo tal que la migración del joven informático a “El fin del mundo” es irreversible. En cuestión de horas tendrá que despedirse de Tokyo, ciudad en la que ha vivido como un solitario. Mientras tanto trata de vivir con dignidad y un poco de amor sus últimos instantes.
En la novela se alternan dos historias: una tiene como escenario  “El país de las maravillas”, un Tokio cruel y frío, aunque querible. La otra, una ciudad amurallada que nos hace recordar El Castillo de Kafka. Allí, el protagonista, que previamente ha sufrido la mutilación de su sombra por un guardián despiadado, es despojado de sus recuerdos y poco a poco, como antes ha sucedido con otros seres humanos, unos unicornios de pelaje dorado empezarán a absorber su corazón hasta privarlo de todo sentimiento.
“El fin del mundo” es un universo antinatural e ilógico, en el que todo es perfecto: no hay luchas, ni odio ni deseo. Los seres viven en absoluto sosiego, siempre y cuando carezcan de sombras y corazón. Por oposición, “El despiadado país de las maravillas” es el mundo en el que conviven las luchas, el odio, el deseo y sus opuestos, un mundo digamos normal en el que la felicidad existe por contraste con el dolor. El protagonista, compelido por su sombra, tiene que decidir finalmente en qué clase de mundo quiere vivir. Y lo hace solo cuando comprende que “El fin del mundo” ha sido creado por él.

¿Hasta qué punto la ciencia es capaz de manipular a la mente humana? ¿Qué sucede con el ser humano cuando es despojado de sus sentimientos más elementales? ¿Cuándo y en qué momento el ser humano pierde su identidad? ¿Cuál es valor de la música como intermediaria entre el placer y el los recuerdos?  ¿Cómo funciona eso que denominamos conciencia y que nos permite conectarnos con la realidad? Estas son algunas de las preguntas que quedan flotando en la mente del lector luego de concluir el libro. Muchas de ellas tienen respuestas explícitas, otras tácitas y algunas simplemente no las tienen. La virtud de El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas es situarnos a través de una prosa diáfana, fluida y seductora frente a ellas.

Unos escriben, otros imaginan


¿Por qué algunas personas escriben y otras no? La respuesta quizás resida en que no todos están dispuestos a poner en riesgo su vida en un oficio que consiste, en gran parte, en ser uno mismo.
El escritor anglo-pakistaní Hanif Kureishi es autor de un hermoso libro, Soñar y contar, en el que realiza un análisis fino y conmovedor sobre el acto de escribir, así como de las motivaciones que llevan a alguien a ejercer la profesión de escritor.
Dice Kureishi que Anton Chejov tiene razón cuando sostiene que los actos más profundos y extraordinarios provienen de las experiencias que vivimos en lo cotidiano, lo corriente, lo que no nos llama la atención. El arte, en este sentido, consistiría en transformar lo insignificante en algo significativo o que vale la pena.
En asunto está en que todos los seres humanos tenemos experiencias ordinarias y soñamos dormidos y despiertos; es decir, vivimos en la realidad y también fantaseamos a nuestro antojo. Sin embargo, no todos somos o queremos ser escritores. Es decir, no todos por el solo hecho de contar con experiencia de vida e imaginar una vida distinta a la vulgar  terminamos escribiendo un libro.
La verdad es que algunas personas escriben y otras no. «La mayor parte de la gente no puede sentarse sin más y empezar a escribir con brillantez, levantarse de la mesa, hacer alguna otra cosa todo el día y después, a la mañana siguiente, volver a empezar sin ningún conflicto o ansiedad». Esto no ocurre, en principio, porque no todos tienen talento.
Talento significa capacidad, aptitud o inteligencia para desempeñar algún oficio o profesión. Para esto hay que prepararse técnica y emocionalmente. El talento a la larga se cultiva y se pule, de lo contrario se esfuma o atrofia. Pero quizás lo más importante sea lo que dijo Rainer Maria Rilke: «Las obras de arte nacen siempre de quien ha afrontado el peligro, de quien ha ido hasta el extremo de la experiencia, hasta el punto que ningún humano puede rebasar. Cuanto más se ve, más propia, más personal, más única se hace una vida».
Aquí está el partidor de aguas, el límite entre un escritor y quien no lo es: ¿cuántos de los seres humanos que tienen experiencias e imaginan realidades están dispuestos a poner en riesgo su vida mediante la escritura? ¿Por qué un escritor si lo haría?
La literatura brinda desde luego muchas satisfacciones. La más importante de todos quizás sea leer; o mejor, releer. Un escritor escribe porque en esencia es un lector; es decir, alguien que vive dos veces, puesto que aprende de los que otros experimentan y aspiran. Leer es el acto de seducción por antonomasia y el escritor que no sucumbe a su hechizo está renunciando a su propia condición de creador de ficciones. Otro placer reside en el hecho de que una ficción (o un texto de ficción) es el punto de encuentro entre dos cómplices: el lector y el hacedor de historias. Ambos celebran un contrato tácito, una ceremonia íntima en la que, por un lado, el lector se compromete a vivir lo imaginado como si fuera real y, por otro, el lector garantiza que su historia, aunque no sea perfecta, tiene como objetivo encantar con recurso verosímiles a quien busca escapar de la monotonía de la realidad.
Satisfacer la necesidad de soñar, leer y estimular la complicidad del lector son razones muy importantes, pero carecen de sentido si falta un acto voluntario y gratuito: escribir por convicción, por necesidad, por fe. Rainer Maria Rilke aconseja escribir únicamente si esta es la única forma posible de que estemos en el mundo. En esta elección no cuentan ambiciones, cálculos, objetivos materiales, deseos de fama y reconocimiento, sino unas ganas profundas de ser uno mismo. «Lo que tienes que hacer, en cierta forma, es tomar posesión de ti mismo. Es escritor y el ser humano son el mismo», dice Hanif Kureishi.


Tuesday, December 31, 2013

Purga periódica de libros

El problema de los lectores modernos es cómo almacenar los libros que compran y leen. Una manera es purgar cotidianamente los estantes con el consiguiente dolor; y otra, adaptarse a los libros digitales con las consecuencias del caso.
Podemos comprar y leer todos los libros que quisiéramos: la vida no nos alcanzaría, y el dinero ―salvo que seamos ricos― tampoco. De manera que estamos condenados solo a leer  y poseer ―es un modo de decirlo― una minúscula parte del conocimiento.
Ya se sabe que los libros se guardan en los estantes de una biblioteca (o en un dispositivo electrónico, según sea el caso) por dos razones: para poseerlos y leerlos, o únicamente para poseerlos. Mi caso es el de una bibliofilia que he llevado a duras penas y que cada cierto tiempo me he visto forzado a revisar.
Los profetas anti-libros sostienen que estos son objetos con fines anacrónicos que ya no tiene ningún sentido guardar en los estantes. No es que no tenga ningún sentido guardarlos, sino que el hombre contemporáneo no tiene espacio y dinero suficientes para hacerlo. Un libro es cosa que uno debe cuidar del clima, de los robos, de la incuria del tiempo y de la torpeza de la ignorancia.
Si es cierto que cada treinta segundos se publica un libro, los que posemos una biblioteca estamos casi obligados a realizar cada cierto tiempo una purga; es decir, a «limpiar, purificar algo, quitándole lo innecesario, inconveniente o superfluo» (diccionario de la RAE) para así dejar en los estantes, por un lado, los espacios libres que necesitan los nuevos y, por otro, para agenciarnos de un parte del dinero que necesitamos para que esos nuevos ocupen el lugar que les corresponde. En otros casos, queda el camino de la donación, pero esta noble actitud nos deja a  veces descolocados, pues uno no sabe a ciencia cierta si es que alguien sacará verdadero provecho de un libro donado, al que se suele mirar muchas veces con compasión y extrañeza. Las donaciones ni la piratería no hacen más o menos culta a una sociedad.
¿No se acabaría el problema de espacio y dinero con los dispositivos digitales capaces de almacenar bibliotecas enteras? Gabriel Zaid piensa que el libro convencional es una superación tecnológica frente al libro electrónico en varios sentidos: son los únicos que pueden ser «hojeados»,  se leen al paso que marca el lector, se leen directamente, no requieren cita ni horarios,  no son caros y permiten mayor variedad. A mí me convencen estor argumentos, de manera que creo todavía en su necesidad.
Hasta ahora he realizado cuatro purgas en mi estantería: en las dos primeras doné a una biblioteca pública y a unos amigos cientos de libros, algunos de los cuales volví a ver en mis incursiones en las librerías de viejo; y en las otras dos, me vi forzado a vender a un precio muy por debajo del original un par de cientos de libros a un librero que sí conocía de verdad lo que tenía entre manos. Con estas purificaciones bibliográficas obtuve, por supuesto, el espacio indispensable pero no el dinero suficiente para adquirir lo que me interesa. En todo caso, el ritmo con el que salen los libros de mis estantes no es el mismo con el que ingresan. Si fuera al revés, Dios me libre.
¿Y cómo seleccionar los libros, cómo saber donde está lo innecesario, lo superfluo, lo inconveniente? Resulta fácil si tenemos libros repetidos o ejemplares sueltos y al mismo tiempo la obra completa de un autor. O libros de una ideología que ya no cultivamos o un tema que se nos antoja necio. O ejemplares que nunca leeremos porque están muy alejados de nuestros horizontes. En realidad, la selección que hagamos dependerá siempre del cuidado que pongamos en hacernos el menor daño posible como lectores.
Pero lo más interesante en mi caso no fue la purga de los libros físicos, sino la limpieza y purificación que hice en mi mente de lector. Esta operó como una guillotina para cortar lo que sobraba. Lo que hace en verdad un lector-seleccionador es quemar etapas, decirle adiós a ciertas ideas y enfoques, abandonar viejas ideas y remplazarlas por unas nuevas, tomar conciencia de que los gustos y placeres son cambiantes; en fin, asumir que nosotros los de entonces ya no somos los mismos, como dice Pablo Neruda. De cualquier manera, debo confesar que desprenderme de los  libros que he cargado conmigo por años es un proceso doloroso, aunque inevitable.



Friday, December 20, 2013

Los últimos de la fila


Todos se lamentan de los resultados dados a conocer por PISA en estos días: últimos en matemática, ciencia y comprensión lectora; sin embargo, nadie impulsa políticas de largo plazo para remontar la crisis educativa que padecemos.
 Mientras nos preocupamos porque nuestra comida sea motivo de orgullo, que el crecimiento económico esté por encima del 5% y que la selección de fútbol vaya de una buena vez a un mundial, descuidamos un flanco fundamental para el desarrollo del país: la educación. Esto, por supuesto, no es nuevo: es reiterativo.
El 2001 y el 2009, Perú participó también en el Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés). Entonces ocupó el penúltimo y antepenúltimo lugar en matemática y comprensión lectora. En la versión 2012, en la que participaron 65 países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), hemos caído más bajo todavía: último lugar en matemática, ciencia y comprensión lectora.
Una respuesta mecánica a por qué nos van tan mal en estas materias señalaría a la pobreza económica como el principal causante de esta situación. Sin embrago, si analizamos las cifras presentadas por PISA nos damos cuenta que países como Qatar, que tiene US$72.849 de PBI per cápita (Perú y Colombia tienen el menor PBI per cápita de América Latina: US$10.076 y US$10.175, respectivamente), padecen el mismo mal. ¿Qué ha pasado entonces?
La educación es un proceso en el que, además de dinero, se necesita invertir recursos humanos y aplicar estrategias de largo plazo, muy por encima de ideologías y colores políticos. Es decir, la educación tiene que ver con la clase de país que queremos los peruanos de aquí a 20, 30 o 40 años. Las ciudades peruanas se llenan de grandes centros comerciales, de edificios, de plazas públicas, de pistas, de puentes, de estadios; el Estado invierte en remodelar colegios emblemáticos y construir otros a duras penas, además de pagar mal a sus profesores, quienes se niegan a ser evaluados por temor a perder sus trabajos. El resultado: un país que crece macroeconómicamente, pero que se envilece a nivel cultural.
Si tienes estudiantes incapaces de resolver con éxito problemas aritméticos y algebraicos, reconocer los componentes que intervienen en el efecto invernadero o comprender las ideas rectoras de un ensayo, al cabo de un tiempo tendrás a ciudadanos imposibilitados de transformar la realidad, personas que viven indiferentes frente a la crisis del medio ambiente y seres humanos robotizados por cúmulos de imágenes y datos superficiales. ¿Cómo explicarles y pedirles a estos que se comprometan con temas como la gobernabilidad, la justicia, la inclusión y el respeto a los derechos humanos?
El diario “El Comercio” pidió a  un grupo de especialistas una lista de ideas para combatir la crisis educativa reflejada en la prueba PISA. Ellos enumeraron seis ideas clave para remontarla: mejorar las remuneraciones de los profesores, establecer políticas educativas de largo plazo, apoyo total y abierto del Estado a la educación pública, acreditación de la educación privada, asumir la educación como una inversión y aumentar la inversión en educación y mejorar la ejecución del presupuesto en este sector.
Los países asiáticos a los que les va bien (China, Singapur y Hong Kong) han aplicados medidas como énfasis en la selección de los docentes, trabajo en equipo,  equilibrio en el número de alumnos en cada clase, mayor autonomía a los docentes y un significativo aumento en el volumen de las inversiones en el campo educativo. Lo que no se dice es que detrás de estas medidas existe algo más importante: un compromiso a largo plazo de toda la clase política y empresarial de esos países para sacar adelante su educación. En el Perú estamos muy lejos de alcanzar todavía un consenso de esta naturaleza. Por esta razón, las pruebas PISA seguirán siendo cada tres años el rasero con el que mediremos nuestro atraso educativo.